martes, 21 de febrero de 2017

Amantes


Matilde Solís, viuda de Pedro Laínez, tiene una amante de pelo gris, Carmen. Son amantes desde hace cuarenta años y aunque sus hijos lo saben, nadie dice nada. Cuando van de excursión con la gente del pueblo  piden una habitación doble y cierran por dentro. Malditas camas separadas. Y si no esa puñetera costumbre de clavar la mesita a la pared… Tirar el colchón al suelo parece la única opción para dormir juntas, pero una cosa es tirarse al suelo y otra levantarse. Las rodillas, la cadera, los ligamentos, la artritis... todo eran impedimentos pero para voluntad de hierro, la suya. Carmen era expeditiva: para no poder dormir con ella se quedaba en casa, faltaría más. En una habitación de hotel de costa, dos ancianas suspiran abrazadas, sonrientes, sentadas a ras del suelo, mirando el mar desde la ventana. Se sienten tan afortunadas que empiezan a sentir que todo puede estropearse: es un mordisco de rata en el corazón que a veces asalta a la felicidad verdadera. La angustia anida en la tierra de la alegría y echa raíces profundas que se alimentan de dolores pasados, de traumas no resueltos. Carmen y Matilde quisieran vivir cien años como ahora. Pensar una en la falta de la otra las hace caer en un segundo de desesperación que se esfuma con un beso inesperado, como ese primero que llegó tras unas copas de anís dulce en la verbena de San Bartolo. Matilde aún nota cómo le da vueltas la cabeza y los dedos de Carmen jugando con el pelo de su nuca, la respiración, el contacto… Nadie advirtió lo que ocurría debajo del emparrado del bar, donde no quedaba nadie porque después de terminar la cena todos se habían ido al baile. Carmen y Matilde se quedaron mirándose una eternidad, se cogieron de la mano y estuvieron así, acercándose poco a poco, hasta encontrarse. No se separaron desde entonces, y mantuvieron su historia en secreto durante tantos años como vivieron sus cónyuges. Fueron buenos compañeros, leales, amigos después de todo.  Piensan arreglar el testamento para dejarse la casa la una a la otra. Cuando hablan de esto Carmen siempre termina llorando.

-Si te mueres, me mato, asevera.

A lo que Matilde responde:

-Eso lo dices en un arrebato, los chicos no se lo merecen. Son buenos chicos que necesitan a su madre. 

-Tú sabes que son unas fieras, no me vengas con esas.

-Fieras... no sé...

-Fieras. Ponles un cheque delante y verás. Matarían a su madre, por lo menos Felipe. Le han salido a mi tía Loreto, seca por dentro y por fuera. Seca como un pedernal. Menuda lengua viperina... Yo creo que lo de mi tía era porque estaba virgen y mártir.

-¿Tú crees?

-Y tanto ¿te acuerdas cómo tenía la piel? Como un lagarto.

-Bastante tendrá que ver eso...

- Pues sí que tiene que ver. Yo por la mañana me echo una cremita y me digo “para cuando venga mi mujer a quitármela a mordiscos”

Matilde y Carmen están ultimando lo que ellas llaman “el soponcio”, que consistirá en comunicar a la prole que se aman, lo que a la postre no es una gran idea porque el piso tiene un bocado importante. Dar al dinero vela en el entierro hace que no por deseado llegue antes.

A veces de un hijo a una hiena sólo hay cien mil euros de diferencia.

lunes, 13 de febrero de 2017

Ya sabes

Ya sabes cómo es ella. Es como la alamanda. Se enreda en mi corazón y casi lo asfixia, le da flores que lo perfuman. Lo llena de fresco, de verde.

Ya sabes cómo es. Como la flor de cactus que dura un día, hecha de papel de alas de mariposa, fundida en soles, brillando con chispas de fragua en los ojos.

Ella es mi mujer. Digo que es mía y miento. Ella es libre como la fragancia del jazmín, como la escama de la mariposa, como la lluvia que entorpece sus alas.

Tal vez sea la lluvia yo, y ella, mariposa de papel fragante, no pueda remontar el vuelo si lloro sobre sus alas.

Ya sabes cómo es ella. Nada la ata y transcurre por mi corazón como una exhalación frutal:  mujer de besos lanceolados, de sonrisa púrpura,  de mirada oceánica, de raíces hondas.


Ya sabes, no hace falta decir más. Ella es, sin más.

lunes, 6 de febrero de 2017

Mirko


Mirko, asesino ocasional,  sale de una portería con la cabeza gacha, puesta la capucha, con paso firme. Le sudan las manos. En una de ella lleva una navaja que hundirá en el cuello de un desgraciado, quizá tanto como él, aunque eso ya da igual. No quiso saber nada de él y tampoco le dejará que le vea la cara, esto es sólo trabajo. Un trabajo es un trabajo, nada más. Mientras camina ve a lo lejos el puente sobre la carretera donde miles de luces la dotan de vida. Pudiera ser un puente sobre un río y pudieran estar los hombres hablando sentados sin prisa, viendo pasar el agua. Si fuera aquel río suyo, aquel puente, se lanzaría desde lo alto a la poza, para que el agua fría desentumeciera su corazón de campesino sin tierra, y correría entre las cañas para que las mujeres se rieran con picardía al verle con los calzones mojados, pegados a la piel. Buscaría a Ana entre ellas, la miraría con la luna brillando sobre el pelo, le daría un beso y saldría corriendo tan feliz que creería morir al verla llevarse la mano a la mejilla, fingiendo un enfado que no era más que la espera de otro beso, de otra noche con la luna sobre el río, su río. Quisiera mirar y descubrir al final de la vía las lomas donde aprendió a correr, alfombradas de verde de forraje, salpicadas de reses sanas y felices que pastaban con parsimonia. Allí le enseñaron a ordeñar las ubres calientes de las vacas que giraban levemente la cabeza cuando estiraba demasiado; el sabor de la leche le llega a la boca mezclado con azúcar, que su madre echaba generosamente mientras removía la masa del pastel. “Ven corderito”, le decía, y él corría a acostarse sobre su pecho con la oreja pegada al esternón para escuchar su corazón latiendo sin cesar... Le hubiera agradado a Mirko ver aunque fuera por última vez las mieses, el carbón saliendo de la tierra en las vagonetas, los hombres tiznados, hercúleos y alegres duchándose, hablando de lo que harán cuando lleguen a casa y encuentren a sus novias, mujeres, a sus hijos...  Mirko quiere llorar cuando piensa que lo que más desea ahora es poder tocar un tronco recién aserrado, cogerlo con un gancho, echarlo al río para que se lo lleve, curso abajo, donde está su casa de contraventanas de madera, su casa de alero rojizo y dos robles en la puerta, uno por cada uno de sus abuelos, fuertes como los árboles que fueron plantados por ellos mismos. “Sé como el árbol, Mirko, crece derecho mirando a Dios” No podría volver nunca, nunca, la guerra le había robado el alma, ahora estaba perdido entre asfalto y alimañas. Quiso Mirko recordar cómo olía el aire entonces, cuando las vacas del vecino se metían en su casa y su hija le sonreía mientras las sacaba, y ya no pudo recordarlo apenas, y el olvido sombreó su mirada azulenca, tornando al muchacho en extranjero, al extranjero en matarife y al matarife -aunque aún no lo sabía- en un muchacho perdido que sólo quería volver a casa, a sentarse a llorar bajo del roble como cuando Ana se vino a Madrid a trabajar de camarera con su prima, aunque en realidad vino a que  le robaran el alma, como él iba a robar la vida de aquel hombre que está echando la basura en zapatillas, y cuyo delito era pedir un dinero prestado para las máquinas. 
Mirko cruzó deprisa la calle, para salirle al encuentro en la esquina, cuando vio salir unos piececillos al portal. El desgraciado tenía un hijo al que querer, así que aunque no podía dejar de matarle, no sería hoy. La clemencia de estas horas le acercaba al roble, a Ana, a casa. 
El matarife vuelve a ser niño un instante. Tal vez mañana busque a Ana. Si encuentra a Ana se irán. Mañana, sí. Mañana.

lunes, 30 de enero de 2017

Corazón

El corazón se te muere un día, y el muy cabrón sigue latiendo. Me quiero morir es una frase que no deberíamos entonar en vano. Deberíamos morirnos de veras cuando nos sentimos morir.
Cuando el corazón se muere, no avisa. Es como el crac de una rama seca, que pone las orejillas tiesas a un gato, pero que pasa tan desapercibido que ese mismo gato al instante duerme profundamente.
 Mi corazón se murió un día por la mañana en la que me vi en una casa que no era la mía, rodeada de gente extraña. Busqué en el armario una taza que perteneciera a mi vida, y sí, había una, transparente con rayitas. La compré un día de gangas de unos grandes almacenes. Y pagué en efectivo, claro. Entonces no tenía tarjeta. Ahora tengo tarjeta… tenemos tarjeta, pero no tengo la clave. Separación de bienes, de vidas, de tazas. Compré sólo una, porque supe que sólo necesitaría una, y la he guardado durante veinte años hasta hoy. Voy a tomarme el café que hará de puente entre aquella yo y esta yo: antes tenía el corazón dormido y ahora lo tengo muerto.
Un corazón muerto apenas hace ruido. Nadie lo busca. Nadie lo encuentra. Simplemente no está. Porque si estuviera alguien repararía en él. Salvadme, os lo pido, dice el ahogado desde el fondo del mar, hinchado, deforme. Salvadme de la nada que es no sentir nada. De pequeña casi me ahogo. Recuerdo el dolor en el pecho, las risas de los que bromeaban con el agua que había tragado, diciéndome que a un perro lo tiras al agua y nada, pero que yo no era perro. Entonces no lo sabía pero era gato. Un gato que huye del agua porque sabe que si entra dentro de su cuerpo le colapsará los pulmones. Soy un gato que ronronea y huye del calor de otro gato, pero necesita al hombre. Soy una mujer gato en un mundo de perros leales y melancólicos, versados en un sinfín de leyes no escritas, defensores de su manada. ¿Acaso no se dieron cuenta que yo era gato? Un gato no tiene dueño nunca, entra y sale cuando quiere y cuando se aparea llora como un bebé. Yo lloraba a menudo, pero era de dolor al ver que no podía pertenecer a ninguna manada, sin embargo mi dueño pensaba que yo estaba grabándome su latido en la memoria. Me cuesta recordar su latido, pero oigo sus pasos. Y tiemblo, porque no deseo que se me acerque, porque no quiero que me hable. Porque si me toca, enarcaré la espalda y me retiraré unos metros a dormir, yo sola.
Este café no está mal. La dependienta era guapa. Muy guapa, tal vez. Estaba sola y se mordía las uñas. Pensé que estaba sola como pensaba que yo estaba acompañada, aunque siempre estuve sola. Ella se mordía las uñas y tal vez aquellos dedos gorditos dieran placer y amor. Tal vez sus dedos no estuvieran solos y buscaran el latido del corazón, la vibración en el pecho, la sacudida imperceptible en la sien  que se besa por costumbre. Nunca besen por costumbre, aunque no lo hagan nunca. Si besan por costumbre llegará un día que el corazón muerto no les dejará mover los pies hacia el que espera. Nunca besen por costumbre, ni amen, ni digan que aman. Nunca. Sean gatos. Siempre sobrevivirán.



Si un día sienten el crujido del corazón, no se rebelen. Al rebelarse ahogan el maullido de su gato. Dejen que su gato pasee por su vida, déjenle. Déjenle que se estire, que mire con indiferencia lo que le rodea, que pruebe sus uñas en todo lo que le parezca inerte, aunque a veces no lo esté. A veces lo vivo parece muerto y el corazón late sin propósito, intentando una carrera que no acaba. Hacia la vejez, hacia la felicidad, hacia la permanencia. No hay que esforzarse demasiado por llegar a las metas de otro. Si lo haces, el corazón se muere antes. Incluso encontrarás resistencia: nadie quiere que tu corazón se muera. Como si eso pudiera evitarse, como si la vida de  mi corazón pudiera hacer feliz a otro.
Si muero de repente, dice mi corazón, no me reanimes. Ya sabes vivir sin mí. Tal vez sea verdad la resurrección, y cualquier día brote de repente una forma de vida parecida a la que conociste, debes ser positiva. No eres la primera mujer a la que se le muere el corazón, pero tal vez seas una de esas que ya no vuelven a tener latido. Mi corazón de hojalata no te añora, esa es la verdad. Y tengo mucho más tiempo libre. Para hacer nada. Para escribir, para leer, para tocar el piano. Cuando compre la taza transparente pensaba que me compraría un piano, que estudiaría, que lograría dominarlo. Guardé la taza hasta hoy y no he llegado a tener piano. Nunca lo deseé lo bastante, me diría él, pero lo deseé mucho, tanto, que me dolió. Crecí con la pretensión de domar un piano de cola metida en un armario. Cerré el armario. Hasta ahora.
Mi corazón muerto reparte sangre sin criterio. No era necesario que fuese así, pero sonrosa mi piel, y da calor a mis manos. Da igual si están o no calientes. No quiero que las cojas ya. No lo necesito. Me he dado cuenta cuando te acercabas y yo me iba retirando discretamente, evitando cualquier contacto. No entiendo por qué esa obstinación ¿acaso no has escuchado el ruido? Es el ruido de un corazón hecho trizas, de un corazón decadente como una hamaca de rayas. Debe ser Venecia un buen sitio para morir. Morir en la playa, sola. Causar un sobresalto a un paseante, dejar que me encuentre Fernanda, que lleva veinte años paseando por la misma playa, como yo, aunque apenas hemos cruzado dos palabras. Dirá que ya estaba muerta, que se me veía en la cara y en el cuerpo escondido por la tela, en esa manera de evitar el contacto, en la mirada vacía de pez vidrioso, en el mal gusto que tenían mis atuendos, hechos para mí sola, sin el menor rastro de gracia. Fernanda seguirá paseando con disciplina. Tiene unas piernas magníficas que la llevan a todas partes, que luchan con las olas, que llevan su sonrisa a los extremos de la playa. Fernanda me mira y sabe que estoy muerta, así que si me muero y ella me encuentra, me dirá que lo sabía.
El crac lo has escuchado, no vayas a disimular ahora. Lo has escuchado atentamente y te has hecho el dormido. Has evitado mirarme las cuencas de los ojos, porque te dan miedo los abismos, y estás en tu derecho. Para mí estar presa del corazón vivo era un abismo, y ahora que he muerto, me he liberado. Me río de las profundidades abisales. Ya puedo ser un pez oceánico y feo, fluorescente y caníbal. Ya puedo ser lo que quiera, pero ahora no quiero ser nada. La nada del ahogado, con el agua invadiendo la nariz, y los oídos, flotando como una tabla de un naufragio, espantando a los bañistas, aunque ya no pueda hacer nada. Ya me dirán por qué se espanta uno de un muerto, cuando es lo más inofensivo del mundo. Un muerto es sólo un muerto, con el corazón parado y los ojos huérfanos de la sed de la vida. ¿Ves por qué te digo que estoy muerta? No quieres escucharlo, te da miedo. Tan valiente y tan cobarde. Hubo un día en el que encendiste mi corazón. Puedo adjetivarlo, pero no recuerdo qué se sentía. Sentir un corazón es… se me hace difícil. Es como si alguien hubiera apagado la luz mientras leo. No puedo encontrar las palabras. Tener el corazón muerto debe ser algo parecido a la ceguera. La ceguera de todos los sentidos al mismo tiempo y sólo el raciocinio que te impele a no desear nada. El suicidio no es mala idea. No molestas a nadie. Estarán mejor sin mí. Yo sé que te gusta esa chica. Será una buena madre para las niñas. Ella es buena y las peinará, las aconsejará bien. Tú  mereces alguien que te quiera.
Me meteré en el agua y me dejaré llevar.
Cuando el corazón está muerto no duele, porque ha dolido tanto antes que ya no se percibe como tal el sufrimiento. Un corazón sin calor y sin latido hace que la vida que queda sea un plan quinquenal, una programación, un trabajar por objetivos. Un corazón que hizo crac sólo impide que muera el resto de los órganos, que todo funcione, por si acaso resucita aún a tiempo. No deseo que vuelvas y sólo pienso en que lo hagas. Si vuelves no sé qué ocurrirá. Si vuelo a temblar habré de explicarte despacio que tiemblo de miedo porque no sé vivir sin corazón. No te permitiré que me digas que eso no es importante. Era importante el latido y tú no lo espiabas. Ahora te falta algo. Ahora ya no tengo nada. Porque con el corazón mueren los lazos que nos unían a las risas de los otros, a sus sueños, que eran los míos. Ahora imagino futuros separados en este presente ya partido: diferentes bellezas y lecturas, diferentes metas y fronteras…
La puerta no se abre y algo se me agolpa en la garganta, acaso un latido.
Es la certeza de que –maldito sea- es el vecino el que llega dando voces a los suyos, que le siguen con disciplina, rítmicos, voluntariosos. El vecino maldice a menudo a los suyos, les grita, les jalea. Supongo que tiene aún vivo el corazón, aunque su cerebro esté muerto. Dirá de mi que era rara y que no miraba a la gente a la cara. Que mi familia me quería, pero que yo estaba como alelada.
En realidad estaba poniendo atención a ver si el corazón me latía al fin o me dejaba morir. Al fin no me latía, pero me daba un plazo de espera, eso es lo que veía el vecino. Yo tenía cara de perdonarme, pero él no lo sabía.

Yo sólo era una mujer que esperaba cada día, un soplo apenas, de vida.

martes, 24 de enero de 2017

El caos

Las pitonisas han hablado: seremos más pobres cuando nos jubilemos. Los hombres serán más pobres, y las mujeres más aún. Ahora ya somos más pobres. El Komarovsky energético sube la energía cuando el frío arrecia, cuando el sol está fuera menos horas. Vaticino que el gran oportunista engordará como un lechoncito: cualquiera se hiela de frío en su propia casa, cualquiera pasa frío en la gran Europa, civilizada y armada hasta los dientes por si acaso. 
Seremos más pobres dentro de unos años...¿Más? se pregunta una, mientras repasa la lista de la compra. Como para dejar que lleguen los refugiados. Nos da pena, pero que se vayan a su casa. Que hagan la revolución allí, y que  no nos atormenten sus penas  a la hora de cenar. Seremos más pobres, nos dice un señor con un traje cosido con mimo, con un corte impecable, con una corbata que vale más que la luz de un pobre, que el alquiler de un piso, que el salario de un mes que ahora vale lo que quiera el patrón. 
Se muere gente que no se había muerto antes, decía el padre de Paco León. A veces se mueren porque era inevitable. Pero era evitable que se recortara en investigación, y siempre nos quedará el dolor y la duda de saber si les perdimos por una cuestión de dinero. Y vamos en tiempo de descuento, esperando que no nos toque, encogidos para no llamar la atención de lo malo, que gravita incansable sobre la tristeza.
Un pobre vive menos que un rico. Vive peor y muere antes, porque la pobreza, como mantra, es un mal inevitable. Eso nos cuentan para que no sólo nos encoja el frío, y seamos felices con el nuestro, porque en Grecia hace mucho más. Aquí tenemos caridad, sopa boba de antes, dada con amor y con impotencia. Aquí tuvimos la idea de la justicia. Aquí le ponen una calle al de Casa Pepe y es pura democracia, porque se vota. Aquí cobraremos menos, muchos no cobraremos y muchos más no llegaremos, pero sólo si les dejamos seguir. 
Es mentira lo del caos. El caos es esto.

lunes, 16 de enero de 2017

Pena

A veces la pena se instala en el pecho de manera persistente. La pena llega de golpe, como una puerta mal cerrada a la que el viento hace crujir los goznes. La pena también se disipa, como esas nubes que se van estirando sobre las montañas, que desaparecen como mechas de algodón de azúcar, apenas unas briznas al volver la vista sobre ellas, al cabo de un rato. 
La pena llega intempestiva, obscena. Se recrea en tu memoria, te desgarra, embotando tus sentidos de sensaciones que parecen perdidas, como esa felicidad que es destiempo, siempre destiempo, mientras dura esa pena. 
Sustraerse como obligación, como costumbre, como terapia. Ser otra vez aquel y ser para siempre otro. Resurgir, flotar, crear, ser distinto y el mismo, contener un suspiro que encierra una fatalidad que no será dicha. Que nadie cite lo oscuro, porque es un terreno cenagoso donde se demora la escapada, llenas las manos de brea, de sal, de vinagre...
Hay que escapar de eso oscuro que es la pena. 
Y recordar la caricia del sol. El crujido de las manzanas verdes. La brisa cálida. El abrazo.
A veces la pena se instala en el pecho y es un error retenerla. Me digo que pudimos ser felices y lo seremos otra vez,  picoteando del manjar de la vida como un pollito incipiente, curioso, tibio. 
La vida es esa pena en el pecho salpicada de espuma de mar, dolorosa y decidida a quedarse un poco más, un poco más, como homenaje al recuerdo retenido, a la sonrisa apagada, a esa parte de nosotros que está y no está, que duele y no duele, que se recuerda y se olvida.
Me resisto, pero acepto que al parecer, la vida es recordar olvidando. Olvidando la pena.

martes, 3 de enero de 2017

Mirar por la ventana

Ayer, en el documental que la 2 dedicaba a Gil Parrondo, hubo un momento que ilustra mi desolación de hoy al conocer la muerte de John Berger. El maestro hablaba sobre un momento de la localización de la famosa escena del cañón de "Orgullo y Pasión" (Stanley Kramer, 1957), en la que un agricultor al que se había hecho una oferta por rodar en sus campos, con una contraprestación económica importante, ponía reparos a la colocación de unas estructuras que le tapaban las vistas. El campesino necesitaba saber cada mañana si había helado, si habían sufrido aquellas plantas que vigilaba. Gil Parrondo sentenciaba con afabilidad: "mirar por la ventana era su vida".
Acaso Berger, al ver a este hombre de piel oscura que está en la esquina de enfrente de mi casa, tocado con un gorro de lana, aterido de frío, viera en su mirada perdida el paisaje que ya no encuentra. Este hombre a menudo se sienta, con su chaqueta raída de traje, a no hacer nada, solamente a mirar. Me parece que mira más allá, como el muchacho que estaba el sábado apoyado en el manillar de su bici, con esos ojos azul eslavo que complementan su sonrisa y su silencio, ese muchacho bellísimo que parece un marinero soviético y que es ya un padre de familia cuyo hijo ha aprendido a mirar entre cañas y naranjos. 
Berger nos deja una obra que nos remueve, y cuyos personajes pasan a ser parte de esa familia adquirida en los libros que ya nunca nos abandona: la madre que no se sienta, servidora de todos, la madre que cocina, que disculpa; el hombre que trabaja con las manos hundidas en la tierra, y que ha perdido la visión de lo suyo como paso previo a la pérdida de la memoria, con el dolor de saber que ya no será la de sus nietos, solamente una mitología aprendida, reinventada, literaria, profundamente triste.