domingo, 20 de mayo de 2018

Eliseo (6)


Susana sigue con la mirada al gato famélico que merodea en la esquina donde la señora Mirta pone montoncitos de pienso. En esa esquina huele a pis de perro, a basura y a sopa de pollo agria. Se superponen pequeñas bandejas de pet transparente con carcasas de ave casi roídas, blancas por el sol. Pequeños cráneos de conejo los lunes. Hileras de hormigas siempre. Restos de paellas y cocidos. Fideos amarillísimos y resecos. Se ve que Mirta no vino o que otros gatos acabaron con todo, porque el animal da vueltas y más vueltas sin pararse. Tiene el pelaje mate y no hay en él ni un ápice de energía. Yo seré como ese gato, se dice la mujer. Se me marcarán los rasgos y la gente comentará que tuve dos rosetones en las mejillas, un hijo que hace tiempo que no viene a verme, un marido que vive en otra dimensión… Susana cree que Paco perderá la cabeza un día, así, sin estrépito, y que en lugar del pensamiento lógico y amable que le caracteriza, poblará su mente una maraña de datos revueltos, como esa masa de tarta de manzana que tanto gustaba  a su hijo cuando era pequeño y que se comía cruda, al mínimo descuido, rebañando el bol con una cuchara grande de madera. Una memoria que sea como una masa con tropezones en la que destaque algo dolorosamente aleatorio, como los pájaros que a veces se paraban en el balcón desde el que ella miraba ahora. Puede que su atención se centre en algo inocente que se convierta en obsesivo, como el marido de Matilde con los coches de color verde, que pasaba las horas muertas contándolos y perdiendo la cuenta, y que sólo llegaba hasta tres. Esperaba Susana que si Paco perdía el oremus le quedase un algo de cariño y la llamase con picardía como hacía el marido de Matilde, trayendo de estraperlo al adolescente que la llevaba a coger melocotones en bicicleta. Matilde acaricia los melocotones con nostalgia y siempre los huele antes de comprarlos, le parece una villanía no llevarle a su hombre la mejor fruta del mercado, aunque ella tenga que comer garbanzos de bote por cosas del equilibrio presupuestario, que ella llama funambulismo, con un deje de amargura. Matilde aún conserva la costumbre de pisar fuerte; le hace falta porque su hombre se desmorona poco a poco cada día. Su mal avanza a traición robándoles la alegría de estar juntos unos pocos años más. Ahora que se han ido los chicos, ahora que nos hemos jubilado, dice con hostilidad entre dientes. Sólo quisiera que su hombre estuviera un poco más con ella, que no perdiera de hablarle, porque a veces, entre tanta palabra sin sentido, le dice “ven, chula”, y Matilde se derrite y se le sienta en las rodillas, hasta que él se queja de que le hace daño, porque se ha ido y ha vuelto el que habita dentro del cuerpo de su hombre. Matilde no quiere dar pena y Susana la admira por ello. A veces no abre la puerta cuando va a verla. Ella sabe que está dentro, pero que no tiene ganas de lástimas ni de jaculatorias, así que no se lo toma en cuenta y le dice pegándose a la bisagra que la verá mañana cuando vaya al pan. Susana quiere estar segura, como si eso fuera posible, que cuidará a Paco como Matilde a su hombre, sin perder el temple, aunque esté confinada en el torreón del cuarto, según palabras textuales. Matilde está confinada en su cuarto piso sin ascensor con su hombre que cuenta coches, que persigue pájaros con los ojos, que apenas dice su nombre. Ha perdido las amistades con la costumbre de salir; hace años que no son buena compañía. La familia la visita poco, y ella casi lo prefiere, según le contaba a Susana esta mañana mientras tomaba un café. No quiero lástimas, te lo juro, dice arqueando una ceja. Desde el balcón de Susana se ve la persiana en rejilla de Matilde con un poquito de luz desde las cuatro. Su hombre perdió la cabeza y el reloj. Se ve que pasan mala noche, maldita sea.
A la misma hora, un hombre da vueltas por la puerta del bloque 20. Quien sea no puede dormir. Lo mismo no duerme porque le muerde la conciencia, porque le muerde la pena, o las tripas, que duelen de miseria y de ira, solas o combinadas en proporciones variables. Vaya usted a saber por qué el hombre se acerca a los interfonos con una linterna. Vaya usted a saber a quién busca y por qué a estas horas. A ella sólo le han llamado a estas horas para darle malas noticias, por lo que espera con cierto pudor desde su atalaya que se resuelva el misterio. Hay que ser cauto cuando sufre el otro, respetar, confortar, escuchar…pero mirar es casi impúdico. Aún así aguarda a cierta distancia de la lente, con el deseo de saber contenido. La ventana del hombre que cambió las bombillas se ha iluminado y ha sacado tímidamente la cabeza mirando a la calle. Quien fuera que tocase se ha ido corriendo a la esquina, donde el gato escuálido se escabulle con el espinazo   erizado.  Un poco más de aumento da la solución: el que toca es el padre de Yoni, y el hombre del bloque 20 tiene todas las papeletas para ser el analista. Susana suelta el telescopio que oscila peligrosamente en el trípode… ¿Y ahora? Está devastada. Casi se siente responsable de la suerte del hombre que quiere redecorar su casa.
Eliseo arrastra los pies por el salón, menuda gamberrada, insistir a estas horas para salir corriendo. Sería algún muchacho que venía de beber. Hay edades en la que las estupideces no tienen fin, por más que hagamos por olvidarlo. Hace unos días un conocido le recordó una fiesta a la que fueron juntos, aún muy jovencitos, y que acabó mal, a juzgar por cómo le recibieron un tiempo más tarde, cuando volvió al lugar del crimen. Eliseo apenas recuerda nada de aquella noche, pero según le contaron, insistió en bailar con una chica, el novio se lo impidió y todo desembocó en una riña tumultuaria, con platos rotos y desgarrones en las camisas a la altura del bolsillo. Cree recordar que la chica se casó con aquel novio y seguramente ambos le recuerdan como un jeta que les dio la noche. No se puede hacer nada para arreglar algo así. Eliseo suspira, porque aunque apenas lo recuerda ha sido joven y un poco locatis cuando estaba lejos fuera del control de Tere. Qué lejos queda todo eso. Qué lejos.
La vecina insomne está levantada, la ve en su observatorio del balcón. Si no fuese tan vergonzoso intentaría enterarse de quién es y por qué no duerme. Pili seguro que lo sabe. Pili lo sabe todo y lo comenta con gran lujo de detalles. Hace que los espectadores esperen sus golpes de efecto. Usaba un tono dramático que encandilaba a Eliseo, al que el tiempo de comprar el pan siempre se le hacía corto. Este mediodía, al pasar por delante de Casa Paco, la vio en la puerta de la panadería. Estaba recogiendo y limpiaba el escaparate subida a un taburete con los tobillos muy juntos, como en esas plataformas en las que prueban a las novias para poner los alfileres en el bajo del vestido. Pili estuvo casada y ya no lo está. Él se fue, dijo una vez, sin aportar más detalles. Eliseo recogió el dato con avidez y se sintió agradecido por la estupidez del desconocido. No supo que había abandonado a una mujer magnífica, o tal vez sí, y se arrepiente y larva la idea de volver para no sentirse tan desgraciado. Porque no se puede ser feliz habiendo hecho eso. Debe a uno corroerle el alma un viento abrasador, una sed implacable, al verla tan entera, tan independiente, tan distante. Eliseo es candidato a desvariar, por eso coge su pan cada día y hace un sprint para subirlo a casa, para que no se ponga duro, para volver a pasar por la puerta y mirar cómo va la venta, si ha vuelto el desconocido. Si ella le espera.
Pili tiene mar de fondo en los ojos. Hay personas que portan una tristeza remota, que emerge sin previo aviso, una tristeza que relata otra vida pequeña que se obstina en aparecer. Una vida olvidada, una vida vergonzosa, una vida trabajosa que se ha superado. Una vida que pudo ser otra pero que no lo es y está ahí para dejar claro que fuimos precisamente esa persona. Eliseo ve en Pili una mujer triste, tal vez una novia triste, como su prima Raquel, que fue al altar con ojeras de puro miedo. Un niño es como un perro, que olfatea lo invisible, y ese día en el que comieron y bebieron todos juntos, la novia apenas comió, apenas bebió, apenas estuvo con nadie. Eliseo recuerda a Raquel cuando pasó por su lado, con el vestido rozándole las pantorrillas de niño grande. Raquel olía a flor de naranjo y tenía las manos pequeñas. Tocó su cara imberbe; ese tacto se quedó prendido en el recuerdo como un jirón de vida arrebatada. Cree que Raquel regaló sus días en lugar de compartirlos a aquel hombre perfilado que la marcaba de cerca. Se apagó poco a poco, es lo que decían de ella cuando apareció en la cama con unos frascos vacíos de optalidón. No pudieron hacer nada. Fueron a casa de Eliseo por la madrugada y tocaron a la puerta como hoy, robando el sueño, desbocando el corazón y la cabeza. Su madre apenas le habló.  Al día siguiente le vistió de domingo y le llevó a casa de su tía. A Raquel la enterraron con el traje de novia, y  Eliseo estuvo en el velatorio. Tenía diez años y era la primera vez que veía un muerto. Le pareció todo extrañamente irreal. Esperó infructuosamente que Raquel se levantara a tocarle la cabeza, siempre lo hacía cuando le veía.  Mientras su tía remetía el vuelo del vestido dentro del ataúd, el niño Eliseo descubrió que la tristeza mata. Que la muerte es definitiva. Incontestable.


lunes, 14 de mayo de 2018

Eliseo (5)


Se planteaba bien el día. No tenía más que escanear unos expedientes, mirarse una declaración y hablar con los de la imprenta para que mandasen material de oficina. Llevar tantos años en la empresa le permitía hacer numerosas gestiones por teléfono; cuantos trabajaban habitualmente con sus superiores le conocían. Al fin y al cabo era el pasante más viejo del mundo. En realidad no constaba como tal en ninguna parte, pero a él le gustaba considerarse así. Era un hombre sin ambición, así lo tenía asumido  desde que tenía memoria, incluso antes, con la conmiseración escrita en la cara de sus allegados. Las familias suelen dibujar sus propios esquemas de poder. Eliseo, para los suyos era un pobre hombre, sin posibilidad de sobresalir en nada, candidato a estar tutelado o dominado toda su vida. Todo eso, repetido más o menos claramente durante años, creó en el hombre una forma de ver la vida desapasionada y lenta, dando la razón a los que pensaban que no debía pelear más que por la estabilidad que le ofrecía un empleo como el que tenía, ejerciendo muy por debajo de su categoría, sin molestar a nadie, quizá la mejor razón  para perpetuarse en la firma que le acogió hace ya más de veinte años. Pocos de sus compañeros de promoción tienen su sosiego, y Eliseo siempre agradece esa ventaja de su posición. Los más veteranos invertían horas en estudiar a los nuevos,  siempre pendientes del ascenso, permanentemente amenazados por el más joven y aguerrido, envidiosos, suspicaces. Él renunció a la zozobra del oficio en una reunión en la que su superior le avanzó su futuro, siempre y cuando estuviera dispuesto a fotocopiar, traer café o tomar declaración indistintamente, sin reclamar espacios de reconocimiento, sin retos que fuesen más allá que cumplir las tareas encomendadas cada día. Las órdenes, escritas en notas sujetas con clips, aparecían como el maná cada mañana, y eran ejecutadas de manera eficaz por Eliseo, que encontraba en su nómina un estímulo suficiente para su actividad. Había visto caer muchos buenos letrados y subir muchos inútiles en guerras estériles en las que se disputaba un prestigio que nada tenía que ver con el valor, sino con el lugar que se ocupaba en un escalafón tan artificial como tramposo. No, él no estaba para esos juegos. Prefería ser un auxiliar administrativo feliz que no un juez frustrado. Por eso te dejó tu novia, dice Tere cuando saca el tema, con el único propósito de la humillación. Ella sabía que no te harías rico nunca. A veces Eliseo siente la tentación de decirle a Tere que José Antonio, su cuñado, es un trepa y un tragaldabas. Tragaldabas habla de su gula y su desmesura, de su afición por los puticlubs y los chismes que comprometen. Tragaldabas. Saborea la palabra hasta que Tere le interrumpe de manera desabrida diciéndole que está lelo. Yo lelo y tú cornuda, musita.
-¿Qué dices?
-Nada.
El compañero no sabe que Eliseo discute mentalmente con Tere mirando fijamente la impresora nueva, programada con un tóner de polvo. Ha costado más cara que otras, pero ofrece copias y copias sin errores, y la ha elegido él. Se siente orgulloso de esa pequeña conquista que le hará la vida más fácil, sin tener que esperar tanto tiempo para leer los relatos escalofriantes de los sumarios. Eliseo opina que hay sentencias que son una novela truculenta y las lee como el que ve películas gore; también hay otras, para contrastar,  que son solamente aburrimiento y desidia a partes iguales. La última en llegar al bufete -del segundo grupo- es sobre un accidente en la vía pública. Una señora cayó por un adoquín mal puesto y se rompió su muñeca de modista fina. Algo tan vulgar como una piedra que sobresale había provocado que una mujer estupenda estuviese a punto de dejar veinte años de oficio. Las cosas  que nos corroen, se dice Eliseo. A mí, las impertinencias de Tere, a la señora del adoquín, no poder enhebrar una aguja desde hacía seis meses. Seis meses, piensa Eliseo, no se sabe si eso es mucho o poco, todo depende de haciendo qué. A él no le importaría estar seis meses haciendo fotocopias, día tras día. En cambio, seis meses con Tere eran material para la tragedia. La idea de tenerla detrás y delante de él con su letanía de reproches era tan estresante, tan desagradable, que fue torciendo el gesto hasta el punto de llamar la atención de su compañero de despacho, Peláez.
-Deja de leer esas historias, que vas a tener pesadillas. Por cierto, está merodeando el lanzador, mira antes de abrir la puerta.
Peláez se refería a un caso en el que acusaban a un hombre de haber tirado por un balcón una bolsa de basura al mismo tiempo que pasaba una señora, ocasionándole un esguince cervical. Hasta aquí, casi la risa. El día que aceptaron el caso todos comentaron lo cutre del asunto, y en eso debería haber quedado, en un sucedido de esos que contaba con tanta salsa Pili, pero la señora que se convirtió en blanco tenía marido, que subió sin pensárselo a la casa desde donde cayó la bolsa y bajó al lanzador cogido del cuello tres tramos de escalera, con resultado de empate a esguinces cervicales. Las partes tuvieron a bien amenazarse de palabra, y el lanzador, además, pensó que era buena idea zarandear al jefe de Eliseo, el abogado de la primera víctima, cuando le encontró en el bar en el que estaba comiendo, a la salida del juzgado. Desde la denuncia por la agitación del letrado, no pasaba día en la que no apareciera por la puerta del bufete gritando barbaridades; era un caso de trabajo social, eso había dicho el jefe para tranquilizar a todos, y Eliseo respetaba su criterio de no entrar al trapo, aunque él veía un caso criminal inminente. Esa misma mañana, antes de subir al trabajo, después de un cortado cremoso y aromático, el sujeto en cuestión se le había acercado con aire confidencial preguntándole si trabajaba en el bufete, a lo que Eliseo contestó en una milésima de segundo que no, que él era del laboratorio de análisis clínicos de la segunda planta. Hubo en ese momento un algo de afrenta y de derrota, pues un segundo después, rindiéndose a la visión de un tatuaje con el nombre de Yoni rodeado de hojas de acanto y estampado en el antebrazo del sujeto en cuestión, subió los escalones de dos en dos. Eliseo nunca había conocido a un Yoni o al padre de un Yoni. Se ruborizó mientras corría escaleras arriba, pensando en que Tere le hubiera dicho como mínimo cagado, al ver su reacción, y hubiera invocado a su santo para que diese lecciones de hombría. José Antonio, su cuñado del alma,  que lleva un ancla en el pecho, fruto de una noche movida en el puerto de Cartagena,  hubiera sido capaz de castigarle las costillas al lanzador como clase magistral, no ya por sentido de la justicia, sino por ese código de honor que dice que un hombre no puede gritar a otro sin salir caliente del trance. Le hubiera puesto verde su cuñado viéndole mentir y correr, a punto del síncope ante la perspectiva de verse en manos del personaje. Eliseo, víctima del efecto Yoni,  llegó hasta el cuarto piso conteniendo la respiración, permaneciendo allí unos minutos, tras los cuales bajó al segundo, humillado y ofendido. Lo recordaba azorado mientras salían las copias, perfectas, una tras otra. Aquella máquina, cuyo plástico aún olía a nuevo, le reconciliaba con su amada vida normal. Eliseo cogió los folios, los grapó con precisión milimétrica y los colocó primorosamente en una carpeta.  Escuchó algo en la calle y abrió levemente el visillo. Un hombre –ese hombre- caminaba arriba y abajo por la acera de enfrente, parándose de vez en cuando a mirar hacia arriba.
……………..
-Ponme dos gildas y una caña.
Dos cañas más tarde, Eliseo pasó por la puerta del bar, camino a casa.
-Mira, el analista.
-No quiero líos aquí.
El hombre pagó y salió sin decir una palabra.
-Ese nos traerá problemas.
-Lo sé.
Susana huele los problemas de lejos. Conoce a esas personas que buscan culpables de sus desgracias, que fabulan sobre la vida de los otros, pensando que algo de ella les pertenece: el coche del otro, la casa del otro, la mujer o el trabajo del otro. En ocasiones, si nadie pone freno al desvarío, esa idea toma cuerpo, se vuelve sólida, y el objeto de la envidia empieza a percibir una hostilidad creciente, más o menos manifiesta, desgranada en pequeños actos mezquinos, en maledicencias, en acciones intrascendentes cuyo único fin es arrebatar el sosiego y la felicidad que se supone hurtada. El hombre que acaba de salir con la mirada fija en el peatón tiene una especie de misión, una entrega mística a un objetivo. Susana no quiere saber qué lleva entre manos, pero si viera al analista cara a cara le diría que se andase con ojo. No sabe uno qué puede estar pensando alguien con tan poco seso, qué puede estar ideando para poner en su sitio al hombre que nada ha hecho para merecer tanta atención y que aún debiera vivir con cierta despreocupación, aunque fueran sólo unas horas.

lunes, 7 de mayo de 2018

Eliseo (4)


-Tú estás mala.
-Que no.
-Que sí.
-Que noooo…
El último no se alargó lo bastante para que Susana pudiera firmar la nota  a Pili y salir corriendo, con el saco del pan en volandas, hasta el bar. Susana notaba el calor de la masa cocida, traspasando el papel hasta su piel. Era una calidez casi sensual, que hubiera prolongado si el trayecto hubiera sido más largo. A veces Paco la encuentra lavándose las manos con el grifo del agua caliente abierto y le llama la atención porque no lo cierra después de haber terminado de usarlo. En realidad ella está yéndose por el desagüe con el agua. Mientras el agua discurre entre sus dedos es libre, pero Paco no se da cuenta y ella no se lo explica, porque las explicaciones siempre llevan a explicaciones más largas y cuanto más largas, más posibilidades de llegar a la verdad, esa verdad desnuda que tanto miedo da y que acecha en actos vulgares, como lavarse las manos durante cinco minutos sin causa aparente. Susana entró por la puerta trasera del bar y dejó la carga en la cocina sin hacer ruido, se puso el delantal y comenzó a trocear cebollas con la boca abierta. Dicen que si abres la boca no te dan ganas de llorar, pero Susana quería llorar, necesitaba llorar, así que con la boca abierta comenzó a sorber las lágrimas, saladas, inacabables, que comenzaron a caer sobre la tabla donde se amontonaban los trocitos minúsculos, primorosamente clónicos, que poco a poco iba vertiendo a la cazuela para hacer un fondo genérico –tomate, cebolla, pimiento- que le aprovecharía para casi cualquier cosa. Al avivarse la cocción, una oleada cálida y húmeda le subió hasta los ojos haciendo que los entornase. Tapó la cazuela para sofocar el vapor. Bajó el fuego. Se sirvió una taza de té. Destapó varias veces la cazuela y comenzó a remover con mimo aquellos trozos, poniendo atención en cada uno de ellos, entrando en un estado parecido a la atención consciente donde aquellas unidades resultaban  diferentes e iguales a otra; de este modo pasaban los minutos por su mente, viendo casi con amor el cambio de textura y color a cámara lenta, sintiéndose cebolla y aceite, vapor y metal. Tras dos tazas de té y sin saber cómo, había preparado algo parecido a un pisto. Últimamente le ocurría que hacía cosas sin reparar en que las había hecho; a menudo llegaba a casa con el coche tras recoger al niño, y aparcaba sin recordar haber pasado por este o aquel semáforo, por los pasos de cebra o los cruces. Por la mañana Paco siempre salía antes para ir al merca y comprar género del día, así que él se llevaba el coche y ella iba caminando al bar.  De paso recibía en la cara el fresco de la madrugada, y aunque siempre coincidía con las mismas personas que iban a coger el transporte para ir a trabajar, podía permitirse el lujo de caminar sola sin decir una palabra, un verdadero lujo para una persona que como ella, pasaba el día hablando con los demás. Casi le resultaba gracioso que la considerasen una mujer afable, cuando ella estaba deseando no intercambiar una palabra con nadie, prisionera de su posición en la barra, de los saludos que esperaban respuesta, de tantos y tantos relatos que consideraba basura que era depositada en su mente como una semilla de mala hierba que germinaba en cualquier momento. Bastaba que saliera a la calle o llegase un cliente para que sin querer recordase esa cosa tan intrigante que alguien había dejado caer mientras le pagaba. Puñetera la falta que le hacía saber ciertas cosas, que no eran sino pequeñas venganzas, chismes o verdades que no importaban a nadie, pero que dejadas caer al descuido sobre la barra, tenían posibilidad de ser esparcidas si no por Susana, que se consideraba persona discreta, por parroquianos que, hartos de su propia vida, cultivaban la ajena con verdadera entrega. No, a Susana no le interesaba la vida de casi nadie. Bastantes fatigas pasaba ella en el bar. Trabajar con Paco allí era como estar en un escaparate, porque a fuerza de estar delante de la gente, se pierde la capacidad de disimular, y todo el mundo se entera cuando las cosas van bien o mal, si el niño saca buenas notas, si quiere un perro como su amigo o si su amigo se va con sus padres a Benicarló, porque es más barato que Peñíscola. No era consciente de su transparencia hasta que llegaba un cliente y preguntaba -por mera cortesía o por puro cotilleo- cualquier cosa que había sido dicha sin tener conciencia de ello. En esas ocasiones le asaltaba un desasosiego grande, pensando que algo más de la cuenta se les había escapado a ella y a  Paco, y que alguien, tal vez, atara cabos al verla entregada a sus abluciones. Aquella exposición era casi una penitencia, porque cuando planificaron el bar ella quiso que una parte de la cocina quedara en el campo visual de los clientes, para no perderse nada del bullicio de las mañanas. Con el tiempo supo de la falta de acierto de su decisión, pues aquella disposición la dejaba  desamparada respecto a la mirada implacable del otro. Aquella vida sin secretos corroía a Susana, que necesitaba cada día un pequeño lugar para la intimidad y el silencio. Un lugar silencioso para ver sin ser vista, para estar sólo ella como espectadora de un mundo que la ignoraba, dándole así una paz que deseaba más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
A cien metros metros de allí, Eliseo se desayunó con una noticia inesperada: en el bufete habían estado de reformas, y hasta las once no querían que fuese nadie, porque hasta esa hora no acababan de limpiar. Un pequeño contratiempo; a efectos prácticos era como si se hubiera levantado dos horas antes de la cuenta, y por si fuera poco,  se había echado a la calle cuando según su reloj sólo eran las diez y media. Había calculado mal y ahora le sobraba media hora en la que no sabía qué hacer. ¿Qué se hace cuando a uno le sobra media hora y no puede hacer nada? Sus conocidos estaban todos ocupados, y media hora era poca cosa. Recordó por un momento, mientras colocaba el diario bajo su brazo y echaba a andar sin rumbo, aquella época de opositor famélico, en la que la calderilla era convertida en café, sin duda la mejor forma de matar el tiempo y el hambre. Un café, sí. Un café le sentaría bien.
-Un cortado, por favor.
El camarero, con seriedad académica, comienza con agilidad coreográfica eso que lleva haciendo, posiblemente, los últimos treinta años. Golpea el cazo para que caigan los posos a un cajón cuyo borde aún resiste. Seguidamente dosifica en dos pulsaciones la mezcla. La comprime posteriormente con delicadeza y encaja el portafiltro en un movimiento leve pero suficiente. Eliseo cree en los artistas de cualquier sector y acaba de encontrar eso que llama Tere baristas. Tere fue a Italia en unas vacaciones pagadas y nadie que la rodee se ha recuperado de su entusiasmo con el tema, de sus diapositivas y sus historias interminables sobre el expresso y sus matices. Seguramente le hubiera gustado ver cómo este señor -que no tenía nada sobresaliente a primera vista- abría el grifo de vapor dejando salir un poquito, para después calentar la leche haciéndola burbujear el tiempo justo para que no quedase demasiado caliente. Tere hubiera llorado de pura emoción al ver el paño blanquísimo, ligeramente húmedo,  que era usado con despreocupación profesional por el camarero para eliminar los restos de leche. A Tere le hubiera complacido esa forma de verter la leche, formando una hoja, ese dejar la cucharilla brillante, el azucarillo y la galletita de canela en el platillo del café. Y esa barra, limpia como un espejo. Eliseo rompió el sobrecillo, y reparó en una frase motivadora de esas que se ven tanto en las redes, que alientan una vida zen y con sustancia. La tentación le pudo y le hizo una foto para subirla inmediatamente a su perfil social. Al abrir el sobrecillo terminó esparciendo unos granitos de azúcar. Menos mal, piensa Eliseo, que ha hecho la foto antes. Tal vez las fotos que ve por ahí son todas de antes. Antes del despido, antes de volverse desconocidos en un viaje, antes de pagar la mariscada, antes de la primera raya en la pintura del coche... Concluyó mientras removía el cortado que todas aquellas imágenes que le daban tanta envidia eran las del antes, pero él, desde su apocalipsis lumínico, era el hombre del después, así que se prometió solemnemente no subir más fotos del antes e intentar forjar un buen después sin darle demasiada publicidad. Se sintió satisfecho con ese pensamiento que sólo le vinculaba a él, pero que era una especie de promesa que no podía incumplir. Habían pasado diez minutos desde que entró. Removió un poco más el café que  le quedaba, sorbió un último trago, mordió la galleta y pagó según la lista de precios que había expuesta. Se limpió las comisuras de los labios con la servilleta, inusualmente algodonosa. Salió mirando al camarero sin decir nada, esperó a que sus ojos coincidieran y levantó las cejas con una leve inclinación de cabeza, un gesto que pudiéramos interpretar como “hasta luego”. El gesto fue devuelto con sonrisa incluida por el camarero mientras limpiaba la barra describiendo grandes círculos, y Eliseo experimentó con la reciprocidad de la despedida un cierto bienestar. Al fondo estaba la cocina, y allí la actividad era frenética. Una columna blanquecina salía de los fogones, pero no se podía adivinar aún qué compondría el menú. Al salir encontró una pizarra en la que se había escrito en caligrafía primorosa la minuta del día: “Pisto con huevos. Emperador a la plancha. Pan, postre y café. 8€”. En aquel lugar todo parecía funcionar como una máquina bien engrasada.  Sin considerarse un gourmet, gustaba de un buen café de vez en cuando, y allí no estaba nada mal y tampoco podía decirse que fuera caro. La espuma, perfecta, la consistencia, también. Sí. Tomaría café allí de vez en cuando, camino del trabajo.

lunes, 30 de abril de 2018

Eliseo (3)


Segundo día de limpieza general: el dormitorio. El primer puesto en su lista de prioridades era cambiar el aspecto de las paredes. Antes de empezar ya estaba cansado, porque el papel –un toile de jouy berenjena que Tere encontraba muy elegante- estaba pegado a conciencia sobre capas y capas de flores y pautas geométricas. Intentó levantar una puntita del papel en un lugar discreto, y se dio cuenta de que sería una labor agotadora y con pocas garantías de éxito. Le costaría llegar al yeso, así que optó por no arrancarlo aún, y en su lugar ganar tiempo buscando un color saludable para pintar encima, porque aunque el papel no estaba perfecto, prefería convivir con unas cuantas burbujas que con todos aquellos pastores tocando la flauta y aquellas señoras con enaguas, congeladas en el movimiento pendular de un columpio que no colgaba de ninguna parte. Ya se taparía las orejas cuando llegara la supervisión de final de mes. Total, no estaba contenta con nada Tere, así que se sentía con valor para añadir la pintura a la lista de las decepciones que desgranaba con precisión cronológica cada vez que algo estaba donde ella pensaba que no debía de estar. Con un poco de suerte perpetraría la pintura antes de que ella llegara. Iría por la tarde a comprar imprimación y alguna cubeta de pintura de una  capa en color pastel. Dudaba entre el vainilla y el celeste, pero para qué engañarse, si había un lima de oferta, lo mismo terminaba dándole un toque tropical. Todo dependería del dependiente, de su labia y de su stock.
 Segunda estación: los armarios. Se subió a una silla para tener perspectiva de las alturas, y allí sólo encontró más y más tareas. Sobre el ropero encontró años de juventud metidos en cajas, precintados, etiquetados. Tenía la impresión de que podía tirarlo todo, porque desde que dejara aquellas cosas hibernando, hacía ya más de diez años, no había sentido la necesidad de usar nada de lo que almacenó allí. Sospechaba que todo era prescindible, puesto que no había necesitado abrir las cajas de nuevo. Sobre los trastos pensaba Eliseo lo mismo que sobre las personas: si hemos tardado tanto en vernos, por algo será. Se conoce lo bastante para saber que sus pertenencias estarían perfectamente ordenadas dentro de aquellos bultos, y que si algo estaba guardado era porque él lo consideró importante en su momento. Pero sus metas habían cambiado, y por consiguiente, las herramientas necesarias para realizarlas, también. Sacó el cúter y cortó los precintos. Como sospechaba, todo estaba en una especie de puzle armónico. La variedad era grande. Apuntes. Folletos. Fotocopias de libros que ya tenía. Postales de viaje. Postales recibidas. Postales devueltas. Había un par de fotos de sus sobrinos. Los lleva en brazos, regordetes y perfumados, dulces, sonrientes. Tenía hasta los negativos para hacer copias. Entonces pensaba de sí mismo que sería un buen padre llegado el caso y que si eso no ocurría no le importaría preocuparse por el bienestar de los chiquillos de su hermana. También acariciaba la idea de casarse con una mujer que tuviera un par de niños. Los iba a querer igual, de eso estaba absolutamente convencido, pero tampoco eso ocurrió, y como quiera que Tere en este tema fuera con él más arisca de lo que estaba dispuesto a soportar, fue cortando amarras hasta llegar a su situación actual. Frente a las cajas se sintió poderoso, pues deshacerse de todo aquel pasado le haría sentirse más ligero. Se había prometido tirarlo todo para hacer hueco, en el momento en el que tuviera valor. Y tuvo valor. Y lo tiró todo. Lo apiló en el pasillo y lo bajó al contenedor sin un ápice de remordimiento. Al hacerlo ya no era estudiante, opositor o joven promesa de nada. Ya no era el hermano o el hijo de alguien. Era sólo Eliseo Serrano, pasante en un bufete, licenciado en derecho y tenía huecos para llenar sobre el armario. Para poder acabar con todo aquel asunto, salió al balcón con una lata de tomate vacía y metió dentro unos papelillos que contenían años y años de angustias resumidas en cuatro palabras que perecerían en breve.
Susana lleva un rato observándole. Daría un Potosí por saber qué había escrito en esos papeles, porque antes de hacerlos un gurruño minúsculo, el hombre de la camiseta arrugada los había leído y se había quedado mirando  a la nada con esa cara que tiene a veces, que no se sabe si está desconectando o muriendo de gozo. Le da que ha visto en la tele, a esas horas que sólo hay partidas de póker, a una vidente que quema cosas en botes con la intención de eliminar los sinsabores de los que llaman desesperados a los números de facturación especial. Susana está convencida de que la vidente echa algo para que prenda la miseria humana, porque la llama sale elegante y azul como en un mechero de gas y la cosa arde alegremente, tanto que cualquier día se soflamará hasta  las cejas, y entonces veremos a ver quién lee los padrastros de los crédulos, esa forma de clarividencia que parece un chiste del pescadero, pero que es real como la vida misma, esa vida de gotelé y caldo concentrado a la que Serrano estaba empezando a renunciar. De hecho, Susana le había visto aparecer en el portal con una bolsa de la que sobresalía algo que parecía verdura. Lo que daría ella por un hombre cocinillas, después de estar una vida guisando para hombres que aplastaban las colillas en las tazas del café después de terminar de comer el menú de currante. Susana estaba cansada del bar. Aún no se lo había dicho a Paco, pero quería dejarlo. Aún no sabía si a Paco o al bar. Ya no se acordaba de ellos dos sin un fondo de sofrito, sin el antigrasa entrándole por la nariz hasta el cerebro, sin esa lista de tareas que no se acababa y que era como la de la compra, escrita una y otra vez en trozos de papel reciclado, mayormente en hojas de calendario usadas. Al volver las listas por el revés veía anotaciones en los días del mes que correspondiera. Todas las citas del médico. Las ortodoncias. Los pagos. La revisión del coche. La reunión con el tutor del niño. El banco. La gestoría. Todo eso que no se puede dejar de ninguna de las maneras y que se hace puntualmente para dejar su puesto de prioridad a otra cosa que se realiza y deja también de ser importante, y así, hasta el infinito que se aleja, como el horizonte del descanso, cada noche. Gracias a prismáticos y telescopio conoce nuevas formas de vida que le hacen cuestionarse la suya. Reconoce el tedio en cuanto lo ve, y Eliseo, para ella aún un desconocido sin nombre, estaba realmente  enfermo de rutina hasta el día de las bombillas, en que comenzó una transformación asombrosa. Después  vino el frenesí del orden, que la hizo pensar en tantas y tantas cajas como tenía en el trastero de la terraza, cajas que no recordaba en absoluto hasta entonces y que iba a distraer poco a poco sin la ayuda de Paco, en un ejercicio de liberación personal. Le intrigaba cuál había sido el detonante de aquel cambio de vida que había empezado Eliseo. Susana se siente contagiada por los actos del vecino sin nombre, y acaba de recordar que tiene que llevar cuidado, porque Pili es especialista en comportamiento humano y acecha a las señoras que le piden cajas vacías. Ella opina que ante eso, o te mudas o te divorcias, o las dos cosas juntas, y ella no estaba preparada para soportar su tercer grado. Pili la veía desde hace veinte años a las siete menos cuarto de la mañana, cuando ella se llevaba el pan para  los desayunos. A esas horas no se puede mentir a una amiga. Intentará que vaya Paco, aunque eso lo mismo resulta más sospechoso… Lo consultará con la almohada, esa almohada de la que Paco ha tomado posesión. No hay forma de hacer que la suelte sin despertarle, así que Susana mulle un cojín y se tumba en la cama, en posición de difunta, con las manos y los pies enlazados. Estoy muerta, se dice con resignación, para cambiar de posición inmediatamente y ver a Paco, su Paco, desparramadamente feliz y sereno, soñado cualquier cosa buena, a juzgar por la sonrisa que le posee. Incluso si se queda mirándolo un rato le ve soltar una carcajada con sordina, que ganas le dan de despertarle, porque no entiende qué le produce ese estado de felicidad que ella envidia. Cuando Paco es tan feliz, Susana opta por levantarse a otear y así dejar pasar las horas hasta que sale Misha y arranca el coche para ir a la cantera tras unos cuantos intentos, pero esta noche tiene mala suerte, porque es fiesta y poco o nada se ve moverse desde su posición. Todo parece en calma. Tras el pequeño aquelarre de Eliseo, la luz se ha apagado y sólo queda el monitor parpadeando, como una especie de corazón mecánico y latente que le dice que todo estará a medio gas muchas horas. Qué larga es la noche, se dice Susana, mientras ve pasar a Pili por la calle. Juraría que la ha visto. Lo sabrá cuando vaya a recoger el pedido, menuda le espera. Pili nunca se da por vencida cuando cree que hay algo que averiguar, y ella lleva escrito en la cara algo que no quiere decir, pero que será hábilmente hilado por la panadera, a efectos prácticos, la mejor psicoanalista de la galaxia.


lunes, 23 de abril de 2018

Eliseo (2)



Tras una noche muy poco emocionante, Eliseo se levanta estirando las puntas de los pies para llegar hasta las zapatillas. Toma conciencia de su cuerpo poco a poco, enarcando la espalda, desperezándose sin escatimar ruidos varios, guturales, caprichosos. Las ventajas de estar solo se miden en estos pequeños detalles; este pensamiento le proporciona una gran satisfacción y le reafirma en su idea de que una existencia solitaria es una fuente sin fin de satisfacciones. Sin ir más lejos, su madre le reprendía muy duramente ese  bostezo exagerado y sensual que emitía tras las comidas. Estar solo es complacerse a uno mismo, hacer lo que el cuerpo pide en cada momento, se dice un Eliseo en paños menores. Tere ha cogido el testigo de su madre; le calificaría de salvaje si le viera ahora mismo, rascándose con deleite, según ella, con la insistencia de un perro pulgoso. Ha dejado el hombre la persiana levantada, tiene vocación de americano, le gusta pensar que se ha contagiado de su espíritu práctico. Se ha dado cuenta de que en los telefilmes no hay persianas en las casas, y eso es lo mismo que decir que son perfectamente prescindibles. Este argumento le viene de fábula, ahora que la persiana del balcón no baja y ha logrado nivelarla en la parte superior. Algo que replicar a Tere cuando se deje caer a final de mes para cerciorarse de  que no vive como un salvaje, y de paso compruebe con rigor casi científico el glorioso chirriar de las bisagras, los cierres que no cierran y las persianas que no suben o no bajan. Tere viene siempre a final de mes a ver si se ha muerto. Se lo dice a las vecinas. Cualquier día salgo en las noticias porque le han encontrado tieso. Tere se ve tapándose la nariz con un pañuelo y poniéndose una pizca de Viks Vaporub bajo la nariz para no recordar que somos polvo y que nos convertimos en polvo en un proceso muy poco edificante. Así es Tere, pura ansiedad anticipatoria, una olla a presión donde se cuecen los augurios con un chorrito de angostura. Eliseo nunca ha entendido ese ir por delante, abriendo abanicos de posibilidades que él mismo no sabía que existían, todas siniestras y rebuscadas. Los hermanos se parecen más de lo que creen, opina la portera: los dos sienten pena el uno por el otro, y ambos son felices a su manera, sólo que Tere quisiera volver al solterón un señor y poder pasear con él por la calle de vez en cuando, desterrando el hule y el Hola y Eliseo sueña con echar a Tere de menos en el sentido bueno del término, es decir, hacer él por verla a ella, en lugar de suspirar con fastidio cuando la escucha subir los escalones como un pajarito y tocar con los nudillos la puerta, aunque haya un timbre con un ding dong muy cuco. Eliseo cree que da a la puerta por no darle a él. Hay en su gesto un toque agresivo que tiene que ver más con el fastidio que con la impaciencia. A fuerza de años de este aporrear la puerta hay en el barniz un algo deslucido que evidencia la presencia remota de la hermana, como esos círculos que se quedan en la pared, como auras, justamente encima de las sillas de las salas de espera, y que empujaban a nuestro héroe a esperar siempre de pie o sentado con muy poco sosiego en los lugares públicos, con una especie de reparo que no era asco, era más bien un desasosiego parecido al que le invadía al ver la raya negra que dejaba el perro de su vecina en la pintura de la escalera, cuando bajaba nervioso por razones obvias, restregándose contra la pared.    Esos círculos grasientos, dibujados a la misma distancia, eran el testimonio de muchas horas de espera. Cabezas aceitosas y pesarosas. Cabezas de pelo cardado y escaso. Cabezas donde bulle todo tipo de especulaciones y que caen hacia delante un tiempo, para dejarse vencer más tarde, hasta que alguien recita un nombre y la laxitud se vuelve energía, y el sueño vigilancia. Cualquiera ha estado así, esperando  una noticia que es mejor que no llegue. Eliseo era un hombre que esperaba pacientemente, pero aún no sabía qué. Cuando era un adolescente indolente, ante las preguntas insistentes de su madre, sólo decía una frase con ese aire misterioso que entonces invitaba a la colleja: voy a dejar que la vida me sorprenda. Su madre, decepcionada, siempre contestaba lo mismo: la vida no sorprende, atropella.
 Eliseo se ha levantado de buen humor y se mira al espejo, satisfecho de sí mismo. Se pellizca la barriga blancuzca que hay bajo una camiseta de Instalaciones eléctricas Conquer como queriendo averiguar cuánto le sobra. Definitivamente está muy bien, aunque tiene que tomar más el sol. Ha decidido que con esa camiseta y un vaquero puede ir por el pan. No ha reparado, en su indulgencia habitual, en esas arrugas paralelas que llenan la espalda de la prenda, plegada como un acordeón durante bastantes horas de sueño. Serán la comidilla de la parroquia de  Pili, la panadera cañón que le venderá dos baguettes de masa congelada y crujiente, ese tipo de pan que un señor muy serio calificó en la tele como “porquería calentita”. También hay que tener ganas de ofender, se dijo en ese momento Eliseo, y se juró ser fiel al afrancesamiento de la masa prehorneada y a los tobillos de Pili, que eran como una unidad estética, apetitosa y cálida, mullida, dorada y alimenticia. Eliseo, de natural confiado y poco dado a profundizar, pensó que era simpático que un sujeto como él, estancado en los cuarenta y tantos desde hace veinte, fuera con aire casual a llevarse el desayuno que ella le daba en mano con aquellos guantes guateados de estampado británico que constituían un puente insalvable entre el uno y el  otro. Intentó retener su mirada cuando ella le dio el cambio, pero fue inútil. Nunca se rozarán nuestras manos, pensó, en un arrebato de almíbar insoportable. Notó como varios pares de ojos le seguían con curiosidad mientras salía de la panadería, rumbo a casa. Tal vez su pensamiento era evidente, y esa idea le hizo enrojecer. No le pasó por la mente que a veces se mira sin calidad, y que es aburrimiento y nada más lo que guía la mirada del otro. Antes morir que hablar con ella de otra cosa que no fuera pan, se dijo. El ascensor le devolvió la imagen de un hombre cansado que parecía haber pasado la noche huyendo de alguien. Es mortal este plafón de led, pensó, amenazado por la verdad evidente del espejo limpísimo que aún olía a limpiacristales. Tuvo una revelación entonces, cuando  reparó en que en su casa la luz era mortecina y amarillenta. Tal vez si cambiaba las bobillas empezaría a ver las cosas más claras. Tomó medidas y esa misma tarde, armado de escalera de aluminio, la luz, al fin, se hizo.
Tras un rato de maniobras en las alturas, encendió las luces, orgulloso. Podía hacer lo que quisiera en esa claridad que casi hacía daño. Se veían los desconchones de la pared, a la altura de los sofás. Muchos años de roce sin cariño habían desgastado el gotelé dejando el yeso a la vista. Tal vez tendría que poner un friso, uno elegante, como de consulta de pediatra. Los muebles también tenían una tonalidad diferente, y la indiscreción de esa nueva claridad dejaba al aire vergüenzas varias, como la cochambre del canteado de los muebles de melanina o las manchas en el latón de los tiradores del  buffet, que recordaba como señoriales y elegantes y que habían mutado en baratijas por obra y gracia de las luminarias de bajo consumo. Se sentó en el sofá a mirar el panorama y no pudo menos que sentir una aplastante sensación de desánimo. Tenía trabajo para tiempo, así que comenzó por quitar un montón de revistas atrasasdas de una mesa de café que siempre estaba en el mismo sitio, una mesa que había adquirido un paño opaco y dudoso que hizo desaparecer con un limpiador alcohólico y expeditivo. Las revistas también estaban para tirar, así que hizo un montón en el pasillo para bajarlas al reciclaje. Durante varias horas, Susana contempló la actividad febril del vecino del bloque 20, que ya no era un vecino cualquiera, porque en aquel edificio casi soviético todas las persianas estaban echadas menos la suya y la luz también era distinta. Parecía que no le diera miedo que alguien como ella fisgara sus miserias. Se había agenciado un telescopio de su sobrino, aprovechando una limpieza general, y con él supo que el hule ahora ya no era aquel herido por las colillas. En su lugar había uno que simulaba etiquetas de hotel antiguas, más propio de un piso de estudiantes que de un señor de sus años, aunque en esas horas laboriosas no hubiera sabido decir Susana la edad de su vecino, viéndole correr mocho aquí, bayeta allá. Hacia las tres de la mañana Eliseo hizo un descanso, y reparó en que tampoco Susana dormía, y que podía verle perfectamente con sus nuevas bombillas. Tuvo entonces un sentimiento nuevo. Le daba igual que le vieran. Tenía el comedor hecho un primor.



martes, 17 de abril de 2018

Eliseo


Eliseo Serrano ha apagado el cigarro con prisa contra el mantel, pensando que lo hacía en un cenicero. Es lo que tiene andar a oscuras a las tantas, para no ser visto por alguien que siempre está acechando, donde menos te lo esperas. La noche está llena de ojos y orejas; esa lección la aprendió muy pronto, cuando una vecina le vio cortar unas flores de un parterre para su novia de entonces,  hecho que fue calificado de gamberrada y descrito con detalle  a la policía por un vecino que vivía a dos casas del jardín en cuestión. El vecino fumaba tabaco de cuarterón y se paseaba por la calle en camiseta imperio y pantalones de tergal, porque él era muy español y viril,  y recorría las aceras con pose de vigilante, repartiendo desasosiego entre los que se le cruzaban sin mirarle a la cara, coronada por unas gafas opacas y gruesas. Siempre hay alguien que lo ve todo, reflexiona Eliseo, lamentándose por el mantel, que al ser sintético, ha cedido al calor dibujando un círculo perfecto. Mañana comprobará el nuevo agujero, trasunto de su propio corazón, poroso y quemado, traspasado por las penas que intentaba ocultar apagando la luz, cualquier luz, cuando la vecina de enfrente salía al balcón, a espantar sus demonios mayormente, y fijaba su mirada en  dirección a su casa, obligándole a apagar todo lo que pudiera dar una pista de lo que ocurría dentro de su piso. Lo que Eliseo no sabía es que su vecina no veía apenas de lejos y que sólo miraba hacia allí para evitar mirar en dirección a una farola que había en la dirección contraria.  La vecina, hace ya bastante tiempo, se mudó ilusionada con la idea de la farola cercana, porque así, pensó ella, podría leer toda la noche. Pero la noche duró más de una lectura, y la farola se volvió peligrosamente luminosa, y comenzó a evitarla, a ella y a los bichos que acudían a ella, topando obstinadamente contra el cristal, llenando la noche de pequeños golpecillos que eran como esa gota del grifo que se resiste a morir. Estos detalles no eran conocidos por el hombre, que cuando se tropezaba con la vecina, evitaba mirarla a los ojos, pensando que ella atesoraba grandes dosis de información sobre su vida personal. Pensaba Eliseo que desde el balcón del edificio de la vecina, en lo sucesivo, Susana,  se veía con nitidez la pila de revistas del corazón sobre la mesa, las colillas en el cenicero, la indumentaria espartana, el gotelé de las paredes, la cristalería de su madre, con aquellas copitas de anís que nunca había usado nadie, vecinas de un marinerito con las manos sobre el pecho, amarillento en el recordatorio de un día ya perdido.  Eliseo temía que Susana le hubiera construido como un soltero en calzoncillos, que fuma viendo las casas de la aristocracia, sin una pizca de glamour, sin más compañía que un pez convenientemente alimentado que va y viene en una pecera esférica ambientada con unas algas y unos corales de plástico. Tampoco había profundizado mucho en sus miedos Eliseo, porque el cómo le veía la vecina era un misterio fácil de resolver, puesto que ambos estaban a la misma distancia y él, desde su atalaya, sólo acertaba a saber que a lo lejos vivía una mujer que tampoco dormía, sin poder dar ningún dato más, porque aunque la conocía de vista, no había nada en ella que fuera digno de mención o facilitase pistas sobre su vida cotidiana, pero él, sin saber por qué, tenía la certeza de que Susana, en el caso de que le encontrasen momificado tras quedarse pajarito, podría aportar datos que harían que el rubor subiera a la cara de su hermana Tere, a la que no veía desde hacía casi un año y que le tenía por un pobre hombre, porque a pesar de que reconocía en él a un hombre inteligente, nunca había disculpado su mala suerte, que para ella era una absoluta falta de carácter, que era arrojada a la cara de Eliseo, eso sí, a la menor ocasión. Lo que le faltaba a la pobre Tere, escuchar en las teles que su hermano era un triste al que la vida sólo le dejaba  recibir el amor de un pez que ni siquiera podía retenerlo en su memoria; también es mala suerte, diría Tere, que te hagas una momia y nadie se dé cuenta, y nadie te eche de menos, y sólo te acompañe un pescado podrido, flotando en ese horror de pecera. Tere hubiera puesto un buzo en el fondo de la pecera, y otro par de peces compatibles, para que unos fueran y el otro volviera nadando en una coreografía sin  fin. Tere tiraría sin dudar las copas de anís y la foto de comunión de su hijo, que se hizo punki y después cooperante, y que ya no ha vuelto más que un par  de veces a casa para terminar discutiendo con su padre, que sueña aún a día de hoy con que el niño se haga policía municipal. Eliseo enrojece al pensar en el enrojecimiento de Tere, en su sobrino y cuñado, y en el pobre pez al que llama Nemo, porque le parece nombre de pez, como  Toby lo es de perro. Mientras Eliseo se ve momificado en mitad del pasillo con la bata de levantarse de la cama, Nemo hace burbujitas ajeno a todo, lo que Eliseo interpreta como un síntoma de conformidad con la vida. Eso sí es vida, se dice. Qué coño. Envidia al pez.
Eliseo tiene un ordenador pequeño, un portátil que se peta, según el hijo de la panadera, su hacker oficial, un chico de apenas quince años, que le recuerda que fue joven una vez, que arrancó flores, que invitó a una chica a la noria, una chica que se mareaba y le cogía del brazo mientras él miraba sus rodillas redondas, esa chica que se casó con un amigo suyo que terminó político; ya se veía que tenía mucho futuro, eso decían sus tías cuando le encontraban en los eventos familiares, que encontraron natural que no le eligiesen a él como pretendiente: Eliseo, hijo, que eres muy soso y ganas poco de pasante, en cambio a este chico se le ve otra ambición, que eso es lo que quiere una mujer con planes de futuro.
Eliseo, aunque se oculta por pura comodidad, quisiera ser visible de vez en cuando,  pero se da cuenta de su error después de buscarse en google por consejo de su hacker, ya que ni siquiera aparece. Lo que Eliseo no sabe es que es lógico, porque no tiene nada a su nombre, ni multas de tráfico, ni un negocio que publicitar. Su perfil de facebook tiene pocos amigos, ¿realmente será tan soso como le decían sus primas?... Pero es que a él no se le da bien salir de vacaciones, ni hacerse fotos con cafés con leche, ni dedicar canciones de amor. Ni siquiera siente grandes filiaciones políticas, es uno de esos hombres trágicamente equidistantes entre los dos extremos de la nada. A él sólo le gusta leer cosas curiosas que cuelga la gente sobre otros lugares del mundo, leer el periódico un poco y curiosear en la misma proporción. Nada de filiaciones, nada de compromisos. Le resulta entretenido ver la evolución de sus conocidos, lo mayores que están sus hijos, los noviazgos eventuales. A veces le llega una solicitud de amistad de una chica coreana o de un militar americano, y se queda un rato pensando hasta que lo rechaza, intentando no sucumbir a la tentación de aceptar que alguien que no le conoce hurgue en su vida, aunque su vida, en buen criterio, no tenía mucho que ofrecer comparada con otras vidas más lustrosas. Impugna la solicitud de los desconocidos y espera la aceptación de sus conocidos, que a fuerza de tardar no llega. Qué paradojas tiene esta vida. La gente que es amiga de facebook apenas habla con él en persona. La gente que no acepta sus solicitudes  le habla sin empacho alguno cuando se lo encuentra, obviando el asunto, desatando manantiales de vergüenza en el hombre, que agradece al menos esta forma de amistad que antes era la única y que ahora se ha vuelto incompleta sin un refuerzo público a base de aprobaciones y exaltaciones.
Susana no entiende qué motiva al hombre del bloque 20, qué le mueve a ir vagando a oscuras, que se va a partir el alma. A veces sabe que está porque de lejos se ve el parpadeo azul cobalto del monitor, que se pierde de momento, cuando el hombre eclipsa con su cuerpo errante la luz que destella, rítmica e indiferente. Le ve desde lejos leyendo, durmiendo. Qué vida  más rara tiene este hombre, se dice ella, que está apostada con unos prismáticos que ha comprado en internet para cazar de noche, o eso decía en la web, que le prometía una visión nítida a más de 50 metros en la más absoluta oscuridad. Si  la oscuridad de una mente pesimista se pudiera desentrañar con unas lentes, no habría hombres como Eliseo, se dice Susana, mientras intenta dar calidad a su visión y descubrir, de una tacada, un agujero enorme en el mantel de hule. Qué triste, un hule con un agujero, se dice Susana.  Y el Hola.
Este hombre es un chollo se mire por donde se mire.

(Continuará)



lunes, 9 de abril de 2018

Desazones


La vida se compone de muchas felicidades. Pocas como la de aprender, sólo comparable a la de amar, tal vez, y compartir el amor, o mantener a salvo tu camada, poco más. Poco más. Aprender significa comprender. Saber qué lugar se ocupa en los engranajes celestes, saber si en el gran sistema que no para de reajustarse, hacemos la labor que tenemos encomendada. Saber cuál es nuestra labor. Ejercerla con eficacia, variar nuestro cometido si es preciso. Volver a funcionar en otro hábitat, con otras personas, con otras metas. Variar esas metas, trazar un plan, otro alternativo, dos, diez. Aprender de todo ello, siempre. Ser como esa mano derecha que conversa con la izquierda en una partitura que parece un todo y que tiene varias lecturas horizontales y verticales. Cuánto colorido adquiere aquello que se disecciona, cuántas fases, o capas, o motivaciones. Cuántas emociones en el momento de la revelación que es fecunda y atropellada, en ese vendaval que no cesa de ideas y de palabras.
Cuánta felicidad hay en la comprensión de las palabras. Cuánta en su unión, armoniosa, íntima, delicada, irremediable. Cuánta en la creación, en el proyecto, en la expectativa. Cuánta en los universos numéricos,  en los lenguajes de la ciencia, en las proporciones del arte complejo, en las soluciones valientes a los problemas horribles. Cuánta entrega hay en un investigador cada día, cuánta falta de vanidad en su búsqueda, casi mística, de la raíz de las cosas, de la comprensión de sus microcosmos, de sus  propios límites.
Cuánto veneno hay en una educación excelente sólo para ricos (o para blancos, o para payos, o…). Cuánto veneno hay en provocar esa ceguera social, esa alienación irreparable, esa credulidad, esa maleabilidad… No hay nada inocente en meter las fauces en la educación. Hay un plan. Un gran plan cuyas secuelas padecen generaciones enteras.  Un plan ideológico escrito hace muchos años. No hace falta que diga más sobre esto, otros han teorizado sobre este particular con mejores mimbres.   Sólo les transmito mi desazón; este caso de Cifuentes nos pone sobre la pista de ese asalto que no para. La picaresca y la desidia, las poltronas, las malas costumbres, esos derechos adquiridos de aquella manera… Cada nuevo envite contra la educación pública nos saca del camino de nuestro futuro, que como antes, tampoco ahora está escrito, digan lo que digan los de siempre.  Nos, somos los que no estábamos llamados y llegamos con unas pesetas en el bolsillo y los ojos muy muy abiertos, pensando en encontrar, en comprender.  Y ahí seguimos, todavía.