lunes, 14 de agosto de 2017

Por favor...

Por favor, cuánto facha americano. Aquí no tenemos más que cuatro por casa.
Y por eso los muertos siguen donde están (nuestros muertos).
Y  por eso las mujeres debemos ser cuidado, belleza y amor.
Y ser sindicalista es sinónimo de sospechoso.
Y ser acosado es el castigo por ser diferente. O libre. O consecuente.
Aquí no tenemos fachas, tenemos cuñados. Llamamos cuñado al facha porque facha suena fuerte, y el facha no es facha, es radical. O supremacista. O ultra. Fascista es una palabra de domingo, que debe usarse sólo en documentales, así nos lo enseñaron en los coleccionables de la segunda guerra mundial, esos que nos permiten jugar en el bando que queramos con tanques en miniatura, con muertos de juguete.
Pero sólo hay un bando. El de la Humanidad, con mayúscula. Y en él, los fachas nos sobran, los nazis, los falangistas que piden un taxi cada año como si tal cosa, en esas puestas en escena que arrancan suspiros de añoranza y escalofríos al mismo tiempo, y que son los coletazos de la bestia que se resiste a morir. Porque la bestia no se muere tan fácil. Porque es fácil ser ambiguo mientras los muertos sigan donde están. Y se herede sobre todo la pobreza, y con ella la falta de educación, y con ella se pierda el único medio para ascender no en el poder, sino en el ser. 
Es el shock de los rumores y los medios. Con la bolsa de las pensiones. Con los derechos humanos de otros. Con los terroristas futuros. El shock de las profecías, de los miedos, de los peligros. Y esos peligros nos domestican, y esas profecías nos encogen. El shock es un negocio que florece con el miedo, y el facha quiere poder.  
Si no lo ve, es porque se le ha metido uno en el ojo. Un facha, claro.

viernes, 28 de julio de 2017

Flotando

Les cuento. La gente camina, los novios se besan. Las novias también. Me encanta esta playa. El agua parece del trópico y hay peces en la orilla que te sortean los pies. Son rápidos y translúcidos, y surfean la poca espuma que forma la ola,  para volver hacia adentro, una y otra vez.
Allá, un velero, aquí un muchacho fibroso que va de pie sobre una tabla remando, que pasa y sonríe sin perder el equilibrio, mientras yo floto y floto y floto, que floto de lujo, y dejo que el agua me entre en las orejas, y escucho el fondo del mar glugluglú y sigo flotando, mientras el señor de la tabla vuelve, hecho un pincel y con la espalda rectísima, navegando sin prisa, corrigiendo los vaivenes.
Veo pasar un vendedor, no tendrá más de veinte años. Subsahariano.
Una pila de sombreros, unos pañuelos enormes, una mochila a la espalda. Corre muy deprisa, mucho, y se pierde entre las dunas. Tras él dos policías en bici, uno de ellos la deja caer y sale corriendo tras él, para salir, mucho tiempo después, con las manos vacías.
Y es que el vendedor seguramente lleva corriendo desde que salió de su casa. Y tal vez haya venido en un barco de esos en los que muere gente, o haya sido torturado, o se haya herido al pasar una alambrada,  o se haya arruinado pagando un pasaje a las mafias, o todas las anteriores y muchas más que no sé, porque sólo sé flotar y mirar, y escribir esto.

Espero que escapara, me dice uno de mis hijos. Seguro, le contesto. Y después de ese instante, en el que tomas tierra sin querer, el mar no es tan sosegado, y unas algas se mecen a la deriva en el azul, mientras otras están amontonadas en la arena, esperando que se las lleven.  Y el mar se vuelve una criatura hostil, implacable, como los hombres que lo han dividido con líneas imaginarias para que otros no puedan traspasarlas más que muertos.

lunes, 17 de julio de 2017

Verano

Hace muchos, muchos años, hubo un lugar feliz.
Hace muchos, muchos años, leímos tebeos en la sala. Tebeos de hadas, de Roberto Alcázar y Pedrín. Tebeos de la familia Ulises, del profesor Franz de Copenhague. Estaban apilados en la sala, detrás de la puerta, debajo de una percha con un sombrero mejicano. Para leer los tebeos había que ponerse el sombrero y no levantar las persianas, eso era capital.  Así fue durante ese verano y los veranos siguientes. Mi primo empezó a gatear. Ahora su hijo también gatea, y es igual que era él, tan sonriente, tan dulce…  todos queríamos tenerle en brazos, porque  sin ser conscientes sabíamos que era una bendición aquella tranquilidad, aquellas manecillas redondas. Hace muchos, muchos años, tuve un verano feliz.
Tuve otro verano feliz. Mi abuela compraba manzanas ácidas y la plaza estaba llena de flores naranjas. El suelo irradiaba calor y los escorpiones aún estaban bajo las piedras. Aún había piedras que levantar con un palo, una serpiente pequeña, una lagartija que huía, una avioneta -una sola-  que llegaba al aeródromo  de los ricos, llenando la siesta de un ruido desconocido que se perdía haciéndose más grave, más y más, hasta perderse. Mi abuela era poderosa, la mujer más poderosa del mundo. Se fue al verano siguiente, sin decirme nada. Me dejó el sabor de aquellas manzanas, la risa en el aire. Me dejó su memoria intacta, su porte, parece que está ahí mismo, frente a mí, sin inmutarse. Es lo que tiene haber vivido el fin del mundo varias veces, y volver para contarlo sin una pizca de drama.

Cada verano por julio,  cuando parece que el mundo sestea, vuelve todo a revelarse, como si hubiera estado escondido entre las prisas del frío. El crujir de la fruta, los niños dormidos, la voz de la memoria.  Un verano dentro de otro y así hasta llegar  a este momento en el que la felicidad tiene otro significado, y se cimenta, sin embargo, en lo mismo. Leche, limón y canela. Hielo, menta. Azúcar tostada. Malta.  Barquillos con mantecado, granadina con cubitos. Agua de mar. Cangrejos, castillos de arena. Unas manos manchadas que pelan la fruta con parsimonia, haciéndola pedacitos. Te haces mayor cuando puedes pasar un ratito viendo comer a un bebé, y eso convierte el instante en algo que si no es la felicidad se le parece mucho. Mi primo, aquel primer verano que recuerdo,  abrazaba una sandía y era tan grande como él;  esa foto aún nos hace suspirar, porque mirándole mientras posaba estábamos todos, también los que se fueron yendo cada verano, quedándose entre los pliegues de este ropaje que hoy extiendo, como tapiz de vida, maravillada ante tanta felicidad vivida, y más que vivida, viva. 

jueves, 6 de julio de 2017

Niños

Son las cinco y el sol tuesta sin tregua, como es su costumbre, hasta la tarde, que será mucho más allá de las siete cuando empiece la gente a salir de las casas a ver si se vive mejor fuera.
Una señora grita a dos niños “¡Borja! ¡Lucía!” La señora les reconviene porque andan por la calle corriendo y jugando, con sus ropitas de aventura, haciendo un ruido tremendo para la hora de la siesta,  eso les dice, y les explica que depende, sobre todo, de la hora a la que uno haya comido, aunque aquí es costumbre hacerlo a la una, como toda la vida, aunque eso es flexible desde que no todo el mundo va al campo, porque el campo en esta época requiere pocas manos, o no tantas como en el invierno, más húmedo y laborioso, más verde, más generoso.
Borja y Lucía son niños, como todos los niños del mundo, que cogen algo del suelo y es un tesoro que enseñan para horror de su madre: ¡no cojas nada del suelo! El suelo es donde muere lo que se abandona por descuido o por desprecio, y poco hay que rascar en este suelo barrido y soplado horas antes, pero Lucía ha visto algo con ojos de urraca y ha corrido hasta ello para extraerlo con las uñitas de entre dos adoquines, que ha estado un ratito hurgando con mucha paciencia. Su madre le obliga a tirarlo en una papelera de diseño, que causa estupor y alegría, mira cuántas papeleras hay. Como si viviera gente aquí, señora mía.
Borja amaga con meterse a la fuente, ni que decir tiene que es reconvenido y extraído de la nube de avispas que planean lentamente sobre la humedad con las patitas colgando y el aguijón preparado. Borja no lo sabe, pero tiene una suerte loca de no haber sido acribillado cuando ha decidido enrollar un papel y jugar al tenis con ellas. Me da que es la primera vez que Borja tiene un cuerpo a cuerpo con avispas, y ha salido bien parado. Si le hubieran picado hubiera visto su madre que también tenemos farmacia. Eso que se ha ganado, señora, digo para mí mientras espero, que no son horas, al que no llega.

Alguien grita desde lejos si le gusta el pueblo y Borja contesta que sí, no sé quién lo dice, y creo que Borja tampoco. Anda demasiado ocupado con una misión que pone a prueba todas sus estrategias. Su madre no se ha dado cuenta porque está lavándole a Lucía las manitas con una botella de agua mineral que ha sacado del bolso. Lucía tienen unas manos perfectas, irrealmente pequeñas. Casi no me acuerdo cuando tuve una mano así de pequeña entre las mías... Antes había fuentes, le explica a la niña, y la gente bebía agua de allí. ¿Y los perros también? La madre se queda callada, antes un perro era una posesión, una cosa, ¿cómo se explica eso sustrayéndose uno del concepto? No sé si piensa eso la madre, pero es una buena pregunta que puede hacerse de camino a la farmacia, porque sí,  Borja lo ha conseguido.  Está rojo como un tomate, con un lagrimón asomando. Podrá decir a la vuelta que el primer día en el pueblo le picaron las avispas.

miércoles, 28 de junio de 2017

No le hacía falta

Abro facebook, paso poco por ahí. Lo importante ya me llegó por otros medios. Me da alegría ver a los conocidos en escenas que recrean su felicidad. Pero sólo un instante. Si son literalmente conocidos, ya les he visto por la calle, si no, andamos (des) vinculados por otras circunstancias que son la distancia, mayormente. Me gusta cómo te has cortado el pelo, estás divina. Clic.
Entre los comentarios a una foto, un nombre familiar. Ostras, es un chiquillo. ¿Tendrá 14 años? 14, sí. Clico su perfil. Casi 500 amigos, ¿se pueden gestionar correctamente 500 amigos?. Ese es un número importante. Con 14 años los amigos son los iguales. Pero no hay 500 iguales. Hay padres de otros, amigos de otros, conocidos y saludados de otros... El chico (es chico) tiene tropecientas fotos así, poniendo morritos, poniendo caritas, poniendo el fotocasa de su piso en cuatro planos torcidos para salir más molón (ya sé que no se dice molón hace años, pero no sé qué palabro le sustituyó). Si yo fuera caco sabría si vale o no la pena robarle. Robarle la consola, la tele, el PC, robarle la inocencia y la vida, si soy un ladrón de almas de esos que van por internet cazando a deshoras, amigo de otros amigos, jugador online con alias, chico enrollado con muchos emojis.
Para hacerse el perfil ha mentido sobre su edad. Se ve que a sus padres no les importa, porque también son sus amigos, así constan en su perfil. Los padres NUNCA serán nuestros amigos, pero tírale, como dicen en mi pueblo, que así le tenemos controlado. O no, señores, o no.

Le hace falta para ser como los demás, me dicen. Le hace falta.

Les reproduzco un dato para el pasmo. Es de 2014: Al menos siete de cada 10 casos de abusos sexuales a menores en Europa son cometidos por personas integradas en la vida de los niños, a las que conocen y en las que confían, según los datos que recoge el Consejo de Europa. Además, las cifras exponen que uno de cada cinco niños del continente son víctimas de algún tipo de violencia sexual."
(Deberíamos recordar que con 14 años se es niño. Se debe ser niño a toda costa.)
Imaginen cómo se dispara la probabilidad de abuso para cientos de amigos que son del entorno de los adultos que nos rodean, en su gran mayoría. Y lo sé porque los he visto uno a uno. Más del 75% de los contactos es adulto, y con este dato  el peligro se dispara. Merde.

(Este post, lo sé, acrecentará mi fama de madre agria y antigua, pero entre eso lo que intento evitar, no hay color)

No sé si ustedes conocen a Marcelino Madrigal, es un especialista en tecnología comprometido con la protección de la infancia en internet. Tiene un blog sobre esa vida que acontece silenciosa en las redes, y ya no tiene cuenta en twitter, después de haber denunciado casos de pederastia sin descanso. Ya no hay sitio para él allí. Nos advierte sobre perder el control sobre nuestra imagen, sobre nuestra información, sobre nuestro papel de padres. Sabe de lo que habla y nos recuerda eso tan obvio de que la infancia sólo ha de terminar por el paso del tiempo.
Ustedes mismos pueden juzgar a través de experimentos televisivos como Catfish lo facilísimo que es inventar una vida, meterse en la de otro y destrozarla. Y Catfish es al lado de lo que nos rodea un pastel de gloria, el modo unicornio de la mentira en internet. Hay historias que acaban en el juzgado, esas las conocemos por la prensa. Qué horror, hijo, lleva cuidado. Otras en el psiquiatra. Otras en un burdel. O en el anatómico forense. Dejamos a los hijos en mitad del metro en hora punta para que se hagan amigos de cualquiera, o para que cualquiera les elija para vaya usted a saber qué. Eso es darles un teléfono o una tablet con conexión a internet cuando no tienen edad para sobrevivir en ese medio, tan denso como hostil. O por decirlo de otro modo, todos sabemos que conducir un coche es muy fácil. Sólo hace falta llegar a los pedales. Lo difícil es tomar buenas decisiones al volante, ¿me siguen?

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En la actualidad, Marcelino Madrigal sigue denunciando casos de pedofilia y abusos sexuales desde cuentas en otras redes sociales. 

domingo, 25 de junio de 2017

Propósito

El pájaro no tiene propósito, así lo ha decidido Manuel, sentado en el porche de su casa, tan vieja como él, viéndole revolotear sin descanso. No tiene propósito, se dice, tiene misión, una misión genética ineludible, pertrechado tras la ingeniería fabulosa  de sus alas que requiebran el aire bascoso que apenas fluye y que sin embargo cobija una coreografía perfecta de vuelos, reclamos, perdido el objeto en un diseño caleidoscópico que cambia vertiginoso al batir de las alas de una nube de pajarillos alegres, despreocupados, felices. 
No. El pájaro sólo tiene misión: una puesta, unas crías, unas larvas que se debatirán inútilmente en su pico, solamente un instante; unos plumones que se visten poco a poco y que resultan más pájaros, más sonido, más aire desplazado, más figuras imposibles, más acrobacias asombrosas aprendidas durante siglos, grabadas a fuego en los genes, esos genes que son la misión, que es diferente al propósito.
El propósito de Manuel es levantarse despacio, intentando erguir la espalda, dejando de lado el apoyo, solamente un instante, en el que es un poco gorrión. Es su propósito del día, ponerse al lado del porche para ver salir de los nidos los picos de los polluelos que reclaman sin descanso, reconocer cada gesto, anticipar su futuro, ya escrito, de criaturas sencillas, pendientes de un hilo que puede la voluntad de un niño con una caña que destruirá su arquitectura efímera, que  puede ser un gato caminando sin prisa o un hombre sin alma. También él tuvo polluelos; en esos días trazaba en el aire tangencias que morían en la piel de ella un segundo. Ella le ve y va en su busca: es su propósito -también ella lo tiene- , caminar hasta donde se encuentra y recordarle que fue polluelo y voló deslizándose sobre el aire del verano, que tuvo su propio nido y que aún cuando parpadea es ave y causa asombro la magia de sus dedos que escriben en el aire una historia al compás de sus palabras, que son canto de pájaro, requiebro, divertimento. Ese, dice ella para sí, aunque ya no lo recuerdes, ese es tu gran propósito.

domingo, 28 de mayo de 2017

Clon

Todos tenemos un clon. Hoy he encontrado al de Luis Barbero, aquel hombre imprescindible en el cine de los 60, rescatado para la tele en color con acierto, tenor zarzuelero, hombre de tablas.
Su copia, ligeramente más joven, llevaba las mismas gafas, tenía el mismo pelo, la misma nariz, el mismo gesto afable. Nada en él desentonaba: unos pantalones de tergal azul claro con una camisita de rayas multicolores planchada con esmero, con esa marca antigua del canesú que se continúa en la manga. Eso hace mucho que no se lleva, pero quien lo haya hecho ya sabe de qué hablo. Pues bien, estaba el hombre sentado bajo un sol de justicia, enfrente de unos gitanos que vendían cestos de esparto, esos cestos maravillosos que imitan un encaje. Les separa una rotonda. En cada salida hay un vendedor improvisado. Hoy, cestos y naranjas. Y el clon.
Este hombre, al que no he puesto nombre todavía, lleva unas zapatillas de rejilla y los pantalones lo suficientemente cortos como para que al sentarse se le vea una pequeña parte de unas  pantorrillas blancas desde hace años, libres de unos calcetines (que supongo de espuma, a juego con el tergal) que acaban en unas zapatillas de rejilla, aireadas y clásicas. Ya les digo, todo en él es coherente, y tengo al menos dos minutos de coche –por un atasco- para empaparme de su atuendo, veraniego y ochentero, antiguo como el de la gente que ha decidido que ya tiene suficiente ropa hasta que casque, porque ya se le han casado los hijos, le han comulgado los nietos y no esperan eventos de tronío en los próximos años.
Está sentado con la barbilla sobre el pecho  y las manos cruzadas en el regazo, en un estado de tranquilidad total. La silla que ocupa, de esas de resina blanca que pone una en el patio, está al lado de una sombrilla, que asimismo está dentro de un bidón relleno de algo que le hace de base. Está sentado en la silla de una chica que está a punto de desaparecer de mi memoria para siempre, porque se esfumará por aquello de la rentabilidad y el negocio, y será reemplazada por otra que ocupará idéntico lugar en esa estructura económica que fagocita mujeres y niñas cada día.
(Las caras de las chicas cambian tanto que las termino olvidando.
Intento mirarlas a la cara para que existan.
Quizá alguien las añora y las recuerda.
Me gusta pensar que es así).
La chica que ahora no está ocupa normalmente esta silla barata salvo ese tiempo en el que está siendo explotada por algún hombre (con alpargatas, camisa planchada, calcetines caídos, un vecino, un hermano, un padre, un tío, un abuelo) o algún chaval a la última (un hijo, el amigo de un hijo) …Una chica rubia natural de piel blanquísima que pasa el tiempo leyendo mientras espera a su violador de turno.

Desconozco si el abuelo que les digo es intermediario o cliente, pero no está ahí por casualidad. Está ahí cimentando lo de siempre, que es predicar la libre elección como mantra, como coartada, como argumento de peso para que no se nos ocurra escupir en esa calva venerable que se tuesta bajo el sol, aunque no lo bastante según mi opinión y deseo.  Esa silla en mitad de la carretera es prueba diaria de que el patriarcado muerde fuerte y hace esclavas. Ese hombre de aspecto vulnerable al que –pondría la mano en el fuego-  nadie va a toser, es la prueba de que se ha normalizado la explotación de las mujeres hasta el punto de que donde debiéramos ver marginación, delito y sufrimiento, no vemos más que gente que pasa, como si paseara, como este viejo tomando el sol, como si fuera casual su presencia en ese punto del arcén, casual como el bidón, la sombrilla plegada, las bolsas que contienen esas revistas que ella lee cuando vuelve de lo que alguien bautizó una vez como “servicio” y que están tiradas en el suelo al lado de ese hombre que parece hallarse a un paso del nirvana,  maldito sea.