domingo, 24 de marzo de 2013

Feliz







Su trabajo le costó aprobar la plaza. No tenían sus manos el castigo del que se gana el pan con ellas, ni estaban quemadas por el sol, ni el aire secó su piel hasta hacerla sangrar. Sus manos decían de él que era un hombre que había sabido entrar por el ojo de una aguja antes de que ésta se quebrara irremediablemente para otros a los que él reconocía más brillantes y capaces. Sumido en este pensamiento llegaba un  usuario, y otro, y otro. Con la mirada viva, esperando un pequeño pie en la conversación daban los buenos días, estrechaban su mano suave que soltaba el bolígrafo con dificultad, pues mientras lo asía con fuerza encontraba un punto de equilibrio. Siempre el vértigo, el sudor, la blancura mareante del escritorio y los cientos de paneles (malditos decoradores) que le confinaban en un lugar privilegiado. Era un trabajador de la colmena, nada menos que supervisor  y eso –por lo visto-  era una suerte.
Conforme avanzaba la mañana la cabeza iba dándole vueltas y desconectaba de las consultas. “Un momento, por favor”. Se sentaba durante minutos sobre la taza del váter con la tapa bajada y la puerta cerrada, escapando a su lugar seguro como cuando los niños se meten en un armario. Cuando algún compañero iba a interesarse por él tiraba un poco de agua y se mojaba las manos y la cara. Agua para aclarar las ideas. Y vuelta a empezar.
El momento peor, el de ver salir a sus compañeros al almuerzo. Se iría con ellos, pero ya no le tocaba  y contemplaba aterrado la cola de personas tristes, ordenadas, sumergido en el murmullo de las conversaciones que seguía sin darse cuenta. La mujer del pantalón azul había llegado en autobús, y su acompañante no era su pareja sino un vecino. Él es cariñoso con ella, pensaba, qué suerte tiene. El niño precioso en el suelo, la mujer que mandaba mensajes con el teléfono… Bajando la vista a la pantalla descubría la cara de fastidio del que había esperado una hora para finalmente, no ser atendido. “¿Se puede arreglar entonces?” “Tengo que consultarlo”, respondía y daba paso al siguiente. “Espere, por favor, voy al baño un momento”.
Dicen que se desvaneció y que al despertar se fue sin decir nada. Se dio de baja ese mismo día: enfermo de dolor ajeno, de problemas ajenos, lleno de vidas de otros, de caras desconocidas que le buscaban. Ahora mismo se le puede ver en medio del páramo, sonriente, disfrutando del silencio. El aire limpio le da en la cara, respira sabiendo que nadie le sigue ni le espera. Sabe que ahora es de los que van a hacer la cola, pero solamente un rato. Todos dicen que está enfermo porque tiene las manos destrozadas, manchadas de tierra. Marrón de varios tonos en los surcos, verde, azul de cielo en los ojos…
Sólo le mira un perrillo con la cabeza ladeada. Un hombre feliz.

8 comentarios:

  1. Y los hay que tienen tanta empatía que hacen suyos, literalmente, los problemas de los "usuarios" y sufren hasta donde no puede imaginar nadie. Y les dan desde arriba, desde abajo y desde los lados. Un horror cotidiano que ni Apocalipsis Now. Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Se puede enfermar de dolor ajeno. Algo que a algunos mandamases no les ocurrirá nunca. Abrazos.

      Eliminar
  2. Sólo tengo una palabra "IM-PRE-SIO-NAN-TE"

    ResponderEliminar
  3. El otro lado de la cola de la desesperanza. Poético y amargo. Quién puede elegir con libertad y sin presiones?

    ResponderEliminar
  4. Escribes como si pintaras . Pintas igual que escribes ?? Muy autèntico ! Qué funcionari@ no hemos caído en esa desesperanza !

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pinto peor, doy fe. Hay que cuidar el corazón, Merce. Un saludo ;-))

      Eliminar