lunes, 22 de abril de 2013

Sin mesura


Entre las hojas de los libros guardaba pétalos de rosa, décimos de lotería sin premiar, facturas, entradas de cine, billetes de autobús.
Entre las líneas de esas hojas leía esa frase rotunda que le llevaba a él: marino, suicida, jardinero, amante. Daba igual porque estaba en todos los libros, en todas las historias. Había reconocido en él a los héroes, a los que arrastraban la fatalidad y a los que la vida les regalaba el sosiego. Estaba en cada palabra que leía y todos eran él, en una composición tan falsa como hermosa. Algo la empujaba a leer y leer sin límites, sin mesura.
Y por eso él era el hombre lógico, filosófico, estético, romántico. También era práctico, hedonista, sensual, aventurero. Descubrió su lado morboso, sus pasiones prohibidas, todo lo malo que anidaba en un alma condenada estaba en él y su retrato, oculto bajo unas telas, enseñaba los horrores de una vida exenta de límites. Era el viajero camino de Samarkanda, el investigador, el antropólogo, el médico malcasado con una mujer voluble. Era a ratos un clérigo de mirada aviesa, manipulador, verdugo de la mujercilla rota por el sufrimiento por causa una vida huera, yerma.
Un día le miró y descubrió que era un gitano que huía de de unos señoritos falangistas, un artista incomprendido; al rato mutó en un obrero de corazón noble, un revolucionario. Era tantas cosas de golpe que a veces no le reconocía, el exceso nunca aconseja bien, lo había leído en un libro. Con otro sintió una revelación: había tenido otra vida y no era sino un impostor que mantenía otro amor, otra casa, y tenía varios hijos y varios pares de zapatos viejos en un hogar proscrito en el que leía sentado en una mecedora junto al fuego. Tanto abundó en su delirio que al despertarse sintió que no le conocía pues no sabía si quien aún dormía era en realidad un hombre normal de una sola vida, o la suma de cuantas cualidades había mezclado sin orden ni concierto, al abrigo de una esperanza ingenua que consistía en reinventarle en una persona nueva tras descubrir que su  impresión era, cómo no, falsa. Inmediatamente se apoderó de ella una desazón que solamente acababa al comenzar.  Tomó una lectura al azar; la mujer y las moscas,  el amado que despertaba sin más. Frases cortas y concisas, breves, era lo que necesitaba para desayunar junto al extraño. A lo largo de los capítulos descubriría si era en verdad él u otro de los muchos otros que  poblaban su mente el que se tomaba un café con una expresión que estaba cambiando de la perplejidad al miedo mientras ella percibía señales desde las páginas amarillentas: “No depende de mí. La viuda tiene la última palabra”…




                                                                     Feliç Sant Jordi  


4 comentarios:

  1. La coincidencia que se ha dado, hoy día 23 de Abril, la fotografía de esa preciosa rosa roja, Sant Jordi, la pasión por la lectura... que puedo hacer, invitarte a unas pastas y un te rojo o negro. Pues estás invitada. Un placer haberte conocido.

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    1. Rojo está bien. Cualquier día de estos. Encantada ;-))

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