lunes, 3 de junio de 2013

Un día cualquiera

Dijo que lo haría y lo hizo. Anda que no era nadie ella. Y cogió la máquina y se la metió directamente en la raíz del pelo. Las primeras pasadas costaron, pero al cabo de unos minutos era ella con unos ojos enormes en el espejo. Ni rastro de sus rizos, esparcidos por el suelo del baño. Con ellos se iban las manos de él, enredadas, ausentes. Ni un minuto más para el secador, la espuma, el tinte, la mascarilla. Le había ganado al día por lo menos una hora ¡cada día! Se maquilló y se puso un sombrero. Y con su foto de la facultad como guía, se dijo que iba a volver a tener al menos otras dos horas ese empuje y esa alegría de los dieciocho, cuando quiso comerse el mundo, cuando supo que podría comérselo. Recordar la sensación de tener ambición. Saborearla.

Al salir a la calle pensó que tal vez se había excedido. Siempre le pasaba cuando arrancaba la mala semilla de forma tan evidente. Como aquel día en el que se tropezó con unos zapatos rojos estratosféricos. Se los calzó y diez minutos más tarde el mundo seguía desmoronándose, como si nada. Es cierto que no es buena idea comprar estando enfadado. Ni hablar de más, ni ser totalmente sincero…
Aquella tarde de pelo cortísimo y zapatos rojos – sí, esos mismos- empezaba otra vida dentro de la última que había vivido. En esta matrioska sin fin el viento en la cara era más fresco, la música, diferente. Ella era Seberg, menuda y andrógina, triste y hastiada en París. Con este pensamiento, el escaparate le dijo que se mirase de cerca y no, no estaba al final de la escapada, sino al principio. Porque escapar de uno mismo no solamente es más difícil que escapar de otro, es una labor que puede durar una vida entera, y una vez aceptado este principio sólo cabe dejarse llevar o vaciar esa mochila cargada con piedras que llenamos de sinsabores y medias verdades. Y con el sombrero en la mano y su cabecita al aire emprendió el camino de vuelta a casa. Y se comió un croissant frente a un escaparate como Audrey; era un hojaldre horrible y la tortuga de detrás del cristal la miraba fríamente: fue la primera sonrisa en varios meses ¡victoria! Por un momento se había sentido absolutamente feliz. Y mucho más cuando se descalzó. Al llegar al barrio le preguntaban si venía de fiesta con los zapatos en la mano. Había sido un día definitivamente extraño, cuando no esperó aprobación, ni dio explicaciones, ni se quedó colgada de la ventana esperando que llegase o que llamase. Puso música y destapó un vino que había estado guardando. Celebró el haberse encontrado con  ella misma, libre, al fin...

5 comentarios:

  1. No es la primera vez, pero me emocionas...

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  2. Cuando uno deja de huir de sí mismo e inicia el camino de hallarse, siempre comienza por un acto así, seguido de dudas ... pero después la fuerza de la energía liberada te impulsa.

    Enhorabuena, me ha encantado :)

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  3. Gracias de nuevo, por el regalo de cada día.
    Saludos.

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  4. Jó... Me apabullas, qué juntaletras somos todos comparados contigo, chica! Enhorabuena y me remito al comentario justo encima de este. Abrazooo

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  5. Tanto talento y FanesYFeces, gracias por escribir así!

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